domingo, 29 de abril de 2012

El Guajiro

Nos remontamos a la época de los años cincuenta del recién terminado siglo XX. Corría la década comprendida entre 1950 y 1960, concretamente creo que rondaría el año 1953 ó a todo reventar el año 1954, cuando en Arucas se produjo un hito jamás igualado posteriormente y que creó, casi de la nada, lo que nos daría por llamar un mito, una leyenda, un fenómeno aglutinador de masas, un coloso deportivo que congregó tras de sí a una ingente muchedumbre que le seguía a todas partes, que le veneraba y rendía pleitesía allá por donde quiera que pasaba.

No era un hombre, ¡no! No era un escritor, ¡tampoco! No era un matemático ni un físico ganador del Premio Nobel, ¡qué va! ¡No!, se trataba única y simplemente de un caballo, ¡pero qué caballo señores!. Describirlo es tarea arduo difícil, por lo que vamos a intentar hacerlo lo más aproximado posible y según nuestros vagos recuerdos nos permitan. 

Hoy en día nos asombramos cuando vemos a través-de la pequeña pantalla de la televisión, las grandes carreras hípicas que se celebran por todo lo ancho de la geografía española. Vemos carreras en el Hipódromo de la Zarzuela, vemos carreras en Málaga, en San Sebastián, en Barcelona y aquí, por ser más caseros, también vemos grandes carreras hípicas en el Hipódromo de Vecindario, en el circuito de La Laguna de Valleseco y en algunos circuitos más que se prodigan por doquier, fijos o circunstanciales.

¿Y qué vemos en esas carreras?, pues simple y llanamente que se disputan entre un número indeterminado de caballos, pero a unas distancias que, a nuestro humilde modo de entender, nos parecen ridículas. Carreras a ochocientos, a mil, a mil doscientos o, como mucho, a la distancia de rnil seiscientos metros, que, tanto unas como otras se solventan en cuestión de poco más de uno o, como máximo, dos minutos.

¿Caballos muy rápidos? Indudablemente que sí, pero nos preguntamos muchas veces qué sucedería si a esos caballos se les exige dilucidar una carrera a más larga distancia, no en llano y en circuito fijo como son los hipódromos, sino en carretera abierta, sobre asfalto, en declive ascendente
y a una distancia de cuatro o cinco kilómetros. Pues, sencillamente, se nos antoja que no llegarían a la meta porque reventarían en el camino por el esfuerzo extra que tendrían que soportar.
Y, como hemos dicho al principio, nos remontamos a los años de nuestro relato, allá por los años cincuenta-sesenta del pasado siglo. En nuestro municipio, Arucas, se vivía casi exclusivamente de la labranza y el cultivo de la platanera. Y tanto para uno como para otro menester, era necesario contar con medio de transporte, no sólo de los materiales a emplear en cualquier pequeña obra que se realizara, sino para otros quehaceres, como transportar la comida para los animales, los distintos piensas que se adquirían en el mercado, utensilios de labranza necesarios para la labor o para cualquier otro menester que se hiciera preciso.

También se utilizaba este medio de transporte para llevar los racimos de plátanos, productos del corte mensual, hasta el lugar del pesaje, hasta el almacén correspondiente o simplemente hasta la casa de los propietarios de la finca, de los mayordomos o de cualquiera otro a quien hubiese que llevar diversos productos de las fincas. Pero, en aquellos tiempos, no existían los medios tan sofisticados que se tienen hoy En aquellos tiempos no existían tractores, no existían teletransportes como los de hoy en día, que te llevan el racimo de plátanos desde la misma platanera hasta el propio almacén, En aquel tiempo había que hacerlo todo a hombros, o en todo caso, si el patrón se lo permitía, contar con un animal de carga que hiciese tal labor.

Para dichas labores se empleaban burros, mulos, caballos e incluso en algunos lugares, hasta camellos, dependiendo de la capacidad adquisitiva que tuviese el jefe, pero eso sí, en casi todas las fincas existía uno de estos animales, para suplir la mano del hombre, porque a nadie se le escapa que cualquiera de estos animales, de un solo viaje, hacía el transporte para el cual serían necesarias siete
u ocho personas y por eso la proliferación que hubo de estos semovientes por la época. No era pan de cada día, no señor, pues tener uno de estos animales sólo se lo podían permitir aquellos que tenían grandes propiedades y por tanto mucha necesidad de transporte y bastante poder adquisitivo.

Había en Arucas bastantes terratenientes, personas con muchas propiedades y que se podían permitir el lujo de tener a su disposición, no sólo un burro o una mula, sino en ocasiones uno o dos caballos. Estos caballos eran utilizados durante la semana para usos de carga en las labores de labranza y los fines de semana cambiaban la albarda o la angarilla por la silla de montar y se convertían en elementos de paseo, poderío y presunción. Personas que tenían caballos podríamos citar a varios de ellos, sin que la cita tenga connotación de ninguna clase, pues simplemente, son datos recogidos del rumor popular.

Don Manuel Medina Mateo fue uno de ellos. Tenía bastantes propiedades y, para atenderlas, tenía que desplazarse rápidamente. Tuvo varios caballos, pero su ojito derecho, aquel que más prestaciones le daba, con el que más contento estaba y con el que se le veía por todas partes, era El Viejo. Así llamaba don Manuel a su caballo preferido. Lo utilizaba durante la semana para las labores de labranza pero, llegando el fin de semana, cambiaba la albarda por la silla de montar, la venda por la patera, la jáquima por el bocado, la soga por el arnés de paseo y el látigo por la fusta y, al paso o al trote, don Manuel se desplazaba en su lustroso corcel, desde Arucas a Las Palmas de Gran Canaria.
El Guajiro (1954)

Hoy en día, quizá, esto no lo pudiera hacer, pues con el tránsito de vehículos que hay, posiblemente el caballo hubiese sufrido algún susto, se hubiese desbocado y hubiera producido algún accidente. En aquel tiempo, la circulación de vehículos era mínima yesos paseos a caballo se podían hacer. Como hemos dicho, don Manuel hacía sus constantes paseítos a lomos de El Viejo, como él le llamaba, pero, sin embargo, del que más contento y gratificado se sentía y al que más rendimiento le había sacado, pues no en vano, EI Viejo le había llevado a acudir puntualmente a alguna cita, de negocios o de cualquier otra índole, pero a las que daba suma importancia.

Había otros terratenientes en Arucas y también poseedores de caballos. Don Manuel Marrero (el del Carril), don Bernardino Santana (el del gofio) dicen que tenía dos caballos, don Pedro (el del molino) dicen que tenía uno o dos caballos. En fin, que sea como fuese, en Arucas, siempre se rindió
culto al caballo.

Incluso se habla y se comenta que, desde Arucas, se desplazaban caballos hasta la zona de Acusa, por Artenara, para allí participar en las trillas que se organizaban para separar, como se suele decir, la paja del trigo. A estas trillas acudieron en diversas ocasiones, los propietarios de caballos de Arucas. Los citados don Bernardino, don Manuel Marrero, don Manuel Medina, don Manuel Bello (abogado), don Fernando Caubín (no tenía caballo, pero iba en "la pandilla", como dirían los jóvenes de hoy), don Cristóbal Díaz (que en su día había hecho de herrero y conocía las técnicas de herraje de los caballos), don Juan Falcón, etc., etc., muchos de ellos con sus caballos y los restantes por hacer grupo en la pandilla. No queda muy claro que don Fernando Caubín formase parte del grupo de personas que luego se hicieron con la compra del Guajiro, pero como estaban siempre juntos, nuestro informante supone y da por hecho que sí formaba parte del clan.

Durante la celebración de una de las citadas trillas, fue donde hicieron amistad con los otros propietarios de caballos de los distintos municipios de la comarca norte. Allí conocieron a los propietarios de Meña, una yegua de Guía y que nuestro informante no sabe diferenciar si el nombre de Meña era el de la yegua o era el apellido de sus propietarios, una familia de Guía, compuesta de matrimonio y trece hijos.También conocieron a los hermanos Ponce, de la villa de Firgas y al conocerlos a ellos, repararon en el hermoso ejemplar de caballo que habían traído a la trilla. Se fijaron mucho en él. No le quitaban ojo de encima, porque a decir verdad, era un ejemplar de caballo digno de admiración.

Se trataba de un caballo negro azabache, de buena alzada (casi un metro noventa), buena presencia y se le suponía buen tranco, pues sólo al contemplar su estampa, se presumía, en carrera, con una zancada de casi siete u ocho metros. Don Cristóbal y don Juan Falcón se miraron uno a otro y, casi sin decirse una sola palabra, comprendieron que sus pensamientos iban paralelos. No se comentaron nada más, siguieron contemplando la trilla y al volver a Arucas, se citaron en el bar de la Reina Mora, que a la sazón era propiedad de don Cristóbal Díaz. A la hora prefijada, allí se encontraron, el citado don Cristóbal Díaz, don Manuel Marrero, se supone que también don Fernando Caubín y, así
mismo don Juan Falcón. Trataron sobre lo que habían visto. De la buena impresión que les había causado aquel ejemplar de caballo y se propusieron, y así lo acordaron, buscar la forma de adquirir aquel caballo y dedicarlo a la competición de altura, es decir educarlo y cuidarlo como caballo de carreras.

Una vez acordado, todo fue coser y cantar, pues varios de los presentes, en representación del resto, se desplazaron a Firgas,entablaron conversación con los hermanos Ponce y éstos, ajenos al futuro que le esperaba al caballo, no pusieron obstáculo alguno a la venta del mismo. Ya el caballo era de ellos, lo trajeron para Arucas y la caballeriza se montó en un solar existente en la calle San Juan, aproximadamente sobre el número nueve, que pertenecía a don Juan Falcón. En la parte de atrás, casi dando a la calle Calvo Sotelo, donde tenía las cabras, allí se adaptó la caballeriza para el cuidado del caballo que habían adquirido.

Se le puso por nombre Guajiro, nombre que no se sabe a ciencia cierta a qué se debía, aunque algunos piensan que fue debid'o a que por aquellas fechas había un ron, el Ron Guajiro, que se vendía en el mercado con dicho nombre y que patrocinaría al citado caballo y aportaría alguna cantidad para sufragar los gastos de su cuidado y promoción. Otros achacan el nombre, a las reminiscencias cubanas que tenía don Cristóbal Díaz, persona que había estado mucho tiempo en la isla caribeña y que, por eso, nominó al caballo con ese nombre.

Si bien a un caballo normal, se le puede dar de comer cualquier cosa (según los entendidos el caballo siempre está comiendo), su alimentación principal consta de gran cantidad de millo, aunque también le tira a la alfalfa. Se le da, también, un buen aporte de paja y de hierba Guinea, alimentos que le proporcionan buena cantidad de calorías, energía y fortaleza para el desempeño de su labor. Estos alimentos, a un caballo de carreras, tenían que cambiarlos y aunque no eran los alimentos tan sofisticados que se les dan hoy en día, cuando de cría caballar se habla, sí eran unos alimentos bastante caros y avanzados para la época. Alimentación rica en zanahorias, hidratos de carbono, azúcares, etc., etc., que hacían que el caballo adquiriese gran cantidad de elementos nutrientes, que favoreciesen su desarrollo competitivo.

En un principio, tanto don Cristóbal Díaz, como don Juan Falcón, habían pensado que quien corriese el caballo fuese don Manuel Medina, persona muy conocida en la zona y muy conocedora del trato y conducción del caballo. Llegaron, incluso, a proponérselo, proposición a la que don Manuel dio la negativa por respuesta, porque no estaba para esos trotes y, hablando  de caballos, nunca mejor dicho. Sin embargo, don Manuel Medina tenía mucha amistad con un tal Roque Piñeiro, a quien le gustaban mucho los caballos y que había corrido con varios de ellos, habiendo cogido buena fama como jockey. Era más bien pequeño, sobre un metro sesenta de estatura, de aspecto enjuto, vivo, despierto y gran conocedor de la técnica de cómo montar un caballo.

Don Manuel lo propuso a los propietarios de Guajiro y estos aceptaron, casi con los ojos cerrados, pues confiaban ciegamente en lo que decía don Manuel, a quien sabían buen conocedor del mundo de los caballos. Y así fue como Roque Piñeiro entró en la vida de Arucas, siendo el jinete, preparador y corredor del caballo Guajiro.

A partir de entonces, todos los días y con una puntualidad casi británica, sobre las cinco de la tarde se veía bajar por la calle de San Juan, la figura esbelta, negra, reluciente de aquel caballo, que una vez en la zona baja de la ciudad se dirigía hacia El Pino y ya en la ruta hacia Teror; Roque Piñeiro a lomos del mismo, se disponía a entrenarlo. Un día sí y otro también, todas las tardes se veía la figura de caballo y jinete, enfilar la carretera de Teror; unos días más lento que otros, pero todos encaminados a conseguir la mejor preparación y puesta a punto del caballo.

La preparación o entrenamiento se hacía unos días al trote, otros días con salida a galope tendido para aminorar a medio camino, refrescar y volver a galopar al final del trayecto. Otros días, la táctica era a la inversa, pues se salía a un trote bastante ligero para ir acelerando a medida que se acercaba la mitad o el final del trayecto preestablecido. Roque Piñeiro buscaba con ello comprobar la respuesta que podría darle el caballo en un momento determinado en que necesitase exigirle algo más, bien fuese al comienzo, a la mitad o al final de una carrera. 

Un día y otro día, fueron muchos los que transcurrieron, mientras el Guajiro cogía su puesta a punto y a decir verdad, tuvo Roque Piñeiro que acelerarla, pues cuando llevaba unos dos meses de entrenamiento, los propietarios ya habían apalabrado y tratado un enfrentamiento entre su Guajiro y otro caballo, que a decir verdad no recuerdo de dónde era, pero que me parece haber oído decir que era de Teror; otros dicen que de El Palmar y hay quien dice y asegura que era de la isla de La Palma. 

Se llamaba Palmera (otros lo llamaban Verdello) y a fuer de sincero, no puedo concretar si se trataba del mismo caballo, con doble denominación o si se trataba de dos caballos distintos y que corrieran contra el Guajiro, en diversas ocasiones. Cuando se lo dijeron a Roque Piñeiro, éste pareció no darle demasiada importancia, pues tras los entrenamientos efectuados, conocía perfectamente a su caballo, sabía cuanto podía exigirle y cuanto podía éste corresponderle, aunque siempre queda la incertidumbre de los posibles imponderables de última hora, que podían traducirse en un fallo del caballo, un fallo del jinete, un fallo de ambos o a un simple error al calcular las distancias.

Carretera Arucas-Teror en 1935 (Fedac)
No puso reparos Roque Piñeiro a esa pega y siguió entrenando con toda naturalidad los días siguientes con vistas a la gran prueba, la prueba de fuego, el bautizo hípico de su caballo Guajiro, una fecha que estaba fijada para unos diecisiete días después. Estaban casi a finales de mayo y se había prefijado para el segundo domingo de junio, metido ya en los actos de las fiestas de San Juan. La prueba se había apalabrado para celebrarse en la carretera de Arucas a Teror, partiendo desde Visvique, exactamente donde está el mojón del kilómetro número uno, hasta llegar a la zona de Los Castillos, concretamente en el mojón del kilómetro número cinco, es decir, una carrera de cuatro kilómetros (¡cuatro mil metros!), en asfalto (piso duro) y en declive ascendente, tres circunstancias que hacían la prueba mucho más difícil todavía.

Ya se acercaba la fecha de la competición, ya los comentarios por todos los rincones de Arucas versaban sobre lo mismo.Ya empezaban a cruzarse las correspondientes apuestas entre los aficionados, pero todos aguardaban impacientes al día señalado para ello, para poder comprobar in situ el poderío de aquel caballo, novato, pero con una estampa que invitaba al optimismo. Quienes lo veían entrenar a diario comentaban, y Roque Piñeiro asentía, que aquel caballo tenía mucha carrera por delante, pues a pesar del esfuerzo de la carretera y la dureza del entrenamiento, el Guajiro siempre llevaba la cola levantada y al decir de los expertos, el caballo, cuando ya no quiere más guerra, cuando está cansado, cuando ya no quiere seguir en carrera o luchando, ese caballo agacha la cola y no la levanta para nada.

En cambio al Guajiro, siempre se le veía alegre, fresco y con la cola levantada, señal de que quería más pelea, o dicho de otro modo, que quería más carrera. En vísperas de la competición y en horas que previamente se había acordado, el Palmero vino a entrenar en el recorrido que iba a ser objeto de la prueba y así lo hizo dos o tres días seguidos para reconocer y adaptarse al recorrido. El jinete que corría al Palmero se llamaba Diego Cruz, según vagos recuerdos de personas de aquella época consultadas. Pero no tenía nada que ver con la persona del mismo nombre que, por las fechas, era alcalde del municipio de Tejeda.

Roque Piñero siguió las evoluciones de Palmero desde un coche que le seguía, detrás de los preparadores, de los dueños y cuidadores del mismo. Algo vio Roque en las evoluciones y el comportamiento de aquel caballo, que los días siguientes se le vio entrenar con más tranquilidad y confianza, llegando incluso a predecir el sitio exacto por donde lo adelantaría el día de la carrera. Las evoluciones, en los entrenamientos de Guajiro, eran seguidas diariamente por don Cristóbal Díaz y otros propietarios del caballo, así como íntimos de ellos, que en varios coches seguían la trayectoria y el desarrollo del entrenamiento, haciéndose una idea del estado y predisposición del caballo.
Y fue de esta forma como se llegó al día señalado para la prueba. Se había elegido un domingo del mes de junio, primero porque se incluía tal competición dentro del programa de actos de las fiestas de San Juan y segundo, porque las tardes eran más largas que en meses anteriores y así ayudaría mucho más al acto, facilitando el desplazamiento de gente al trayecto de la carrera. Aquel domingo, desde por la mañana hubo gente que se desplazó en grupo hacia la zona de La Piconera, pues así al mismo tiempo que iban reservándose un sitio de privilegio para ver pasar los caballos, disfrutaban de un día de campo con la familia o simplemente en compañía de los amigos.

Se habían ido pertrechados de su correspondiente barbacoa, que no era como las muy sofisticadas de hoy en día, en aquel tiempo arrimaban varias piedras, hacían un semicírculo con ellas, prendían el fuego en su interior y con una malla metálica encima a modo de parrilla, se las arreglaban para cocinar las chuletas, los chorizos, las morcillas o las sardinas que hubiesen llevado.
Lo que interesaba era pasarlo bien y pasar el tiempo hasta la hora dela carrera, todo ello, debidamente regado con un buen ron de Arucas, un ron Guajiro, un ron-miel Indias o un coñac Fundador o Tres Cepas, que arrancasen la carraspera de las gargantas. La Piconera era una zona de Los Portales, situada al borde de la carretera, concretamente en una curva que da, a modo de balcón, sobre la carretera de Arucas a Teror; por lo cual desde tal sitio se podía seguir casi toda la evolución de la carrera, desde su salida en Visvique hasta su paso por dicha zona. Aunque hubo gente por toda la trayectoria de la carrera, donde más se congregó fue en la zona de La Piconera.

A partir del mediodía, la carretera de Arucas a Los Castillos, se convirtió en un auténtico peregrinar de gentes. Unos en solitario, otros con la novia, los familiares o los amigos, en grupos para ir entretenidos e incluso los hubo que se llevaron sus timples y sus guitarras para ir amenizando la travesía hasta el lugar de destino. Una auténtica muchedumbre, una riada. Verdaderamente, era una fiesta la que se avecinaba. Un delirio sin igual el de la gente que iba por esa carretera arriba y que colmataba los arcenes de la misma, pues desde Arucas hasta Los Castillos, fue un auténtico gentío el que tomó la carretera por asalto, aunque a unos les dio tiempo de llegar a los lugares altos para poder contemplar todo el desarrollo de la carrera y otros se tuvieron que contentar con quedarse a medio camino, pues la carrera les cogió cuando todavía no habían llegado a las alturas.

El tráfico de vehículos se suspendió desde las cuatro. La carrera estaba prevista para la torera hora de las cinco de la tarde y aunque en aquellas fechas el parque automovilístico era más bien escaso, se quería evitar contratiempos de última hora. Por eso se interrumpió la circulación de toda clase de vehículos con una hora de antelación. El tiempo se sumó a la efemérides y ni el sol se quiso perder tal acontecimiento, pues dicho día lucía en toda su esplendidez y hasta Julito (el del helado) se hizo su agosto en pleno mes de junio, pues ese día no había uno ni dos, había entre cinco y seis repartidores de helados, con sus correspondientes garrafas llenas hasta los topes, que iban por doquier de un lado a otro anunciando su refrescante carga a toque de cornetín. Aquel día, un corte de helado no valía las dos perras y media de siempre. Aquel día valía cinco perras (media peseta) y bien que lo merecían por el sofocante calor que reinaba. Hubo quien montó, incluso, una especie de ventorrillo, donde tomarse un "pizco ron" y una tapa de carajacas. Hubo también quien, con una gran cesta, se había pertrechado lo suficiente, para ir vendiendo "pirulines", suspiros y "criaturas" entre los asistentes.Todos, unos y otros, se hicieron su buen negocio aquella tarde, pues alguien que apareció con un garrafón de agua también entró en la danza, pues el sol pegaba lo suyo y casi desaparece en medio de la multitud.
Rondaban las cinco de la tarde y en la línea de salida ya todo estaba preparado. Se había cruzado la calle de banda a banda, con una línea blanca de cal, que significaba la línea de salida. Lo mismo se había hecho en el mojón del kilómetro cino, señalizando la línea de llegada. Los caballos sobre la línea de salida, algo inquietos, eso sí, pero sin exageración. Detrás, los árbitros y jueces de carrera, los coches de los propietarios de ambos caballos, los coches de amigos íntimos y resto de seguidores, no muchos coches, porque realmente en la época no los había, pero sí unos cuantos.
A las cinco en punto, el juez de salida que da el banderazo de comienzo y la multitud estalla en un descomunal rugido. La prueba había empezado, los gritos se suceden, siendo cada vez más estruendosos. Gritos de ánimo, naturalmente, pues la gente que estaba en los márgenes de la carretera jaleaba a los caballos y a sus jinetes, a medida que pasaban por donde ellos estaban.

A todas estas, el Palmero que salió poco menos que como un tiro, pues con su rápido galopar y un tranco de unos cinco o seis metros, fue poniendo tierra de por medio con respecto al Guajiro, que al llegar a la curva de Juanito el panadero y el "cafetín" de Miguelito Pérez, acumulaba una desventaja de unos cinco cuerpos con respecto al Palmero. La carrera siguió desarrollándose con toda normalidad, aunque eso sí, se veía mucho más ágil y desenvuelto al Palmero, que seguía, poco a poco, aumentando la distancia de ventaja. El Guajiro galopaba a unos treinta metros de distancia, se le veía algo encogido, con el hocico casi pegado al pecho, señal de que ese caballo no estaba dando todo lo que podía. En dos palabras, iba frenado. A la altura de Santa Flora, donde hoy está "La Chimenea", la distancia se aumentaba considerablemente de tal forma que, algo nervioso por el desarrollo que se estaba dando a la carrera, don Cristóbal Díaz, sacando la cabeza por un lateral del coche en que la iba siguiendo, le dijo a voz en grito a Roque Piñeiro:
- "Roque, suelta ese caballo, que se nos escapa, ¡que se escapa Roque!, suelta al caballo",
Roque no soltó la brida, siguió con las riendas en su mano izquierda y con la mano derecha, en la que sostenía la fusta, indicó a don Cristóbal, por señas y con gestos muy elocuentes, que estuviese tranquilo, que él sabía lo que hacía. Algo más arriba, a la altura del kilómetro tres, poco más arriba de la actual Urbanización Masapeses, ya la ventaja que llevaba Palmero era casi de unos setenta metros, que en una carrera de caballos son muchos metros para regalar a tu contrario, por muy bien que estés tú. y nuevamente don Cristóbal que, pidiendo permiso a los comisarios de carrera, se acerca casi a la altura del Guajiro y le espeta a Roque, casi como dándole una orden:
- "Suelta de una vez al caballo, que perdemos la carrera, ¿no ves que se va escapando?",
Ya esta vez, Roque sí se volvió al coche donde estaba don Cristóbal y le dijo:
- "Tranquilo Cristobita, tranquilo, no se preocupe, ya verá que por la casa amarilla lo adelanto".

La casa amarilla de marras (hoy es blanca), era una casa de dos pisos, propiedad de Bartolito Hernández, que por aquellas fechas era como una referencia en las miradas desde Arucas hacia la zona alta, pues destacaba entre todas las demás, precisamente por su color y por ser la única en la zona que en aquellos tiempos tenía dos pisos. Hoy casi es imperceptible, debido a la proliferación de casas y construcciones por los alrededores, Y fue como si verdaderamente lo tuviese estudiado al detalle, porque poco más adelante Roque empezó a soltar riendas al caballo, éste levantó un poco más la cabeza y aumentando la longitud de su zancada y la frecuencia del galope, fue recortando distancias poco a poco, de tal forma que al llegar a la curva que hay antes de llegar a la casa de Bartolito, los dos caballos iban casi parejos, a tan solo un cuerpo de distancia, distancia que quedó reducida a la nada, cuando al salir de la curva Roque aflojó bridas y dio riendas a Guajiro, quien de cuatro zancadas adelantó a su rival y ocupó lugar de primacía.

De allí en adelante, todo fue casi como coser y cantar, pues a pesar de la emoción que había entre el público por la incertidumbre del desenlace de la prueba, sin embargo Roque Piñeiro lo tenía todo bien estudiado y calculado. Desde la curva de la casa de Bartolito hasta la curva de la Piconera, el Palmera no le había perdido la estela, pues haciendo de tripas corazón le había seguido el rebufo al Guajiro y se había mantenido detrás del mismo, pegado a las ancas traseras.

Por la curva de la Piconera, pasaron los dos caballos completamente emparejados, ligeramente adelantado Guajiro. Fue a partir de este punto cuando ya la carrera tomó auténtico color aruquense, pues fue cuando Roque Piñeiro dio toda la brida de que disponía y Guajiro, a rienda suelta por allí arriba, levantó la cabeza, imprimió más ritmo a su galope, su tranco se hizo más largo y a la meta, exactamente donde está el mojón del kilómetro cinco, llegó con unos cuarenta metros de ventaja sobre Palmera.
El público estalló en una sonora salva de aplausos, gritos de satisfacción y reconocimiento a una labor de puesta a punto, llevada a cabo por caballo y jinete. Había ganado Guajiro. Su bautizo hípico se había hecho en loor de multitudes y, tras la carrera, se emprendió el camino de regreso hacia Arucas. Había un camión preparado para transportar al caballo hacia abajo, pero se quiso y así se hizo, volver caminando desde Los Castillos hasta la ciudad, recorrido que se hizo entre gritos de aliento, vivas y "riquirraques'', con todo el gentío que se había desplazado hasta allá arriba, cortejando al caballo y a su jinete, que recibía felicitaciones por todas partes. Cada uno contaba, según y como le cuadrase, su opinión de cómo había sido la carrera.

Carrera de Caballos 1905 (A.Sortija Fedac)
Posteriormente, Guajiro participaría en muchas más competiciones, todas ellas por parejas. Unas veces aquí en Arucas, con el mismo recorrido descrito. Otras veces, participando en unas carreras que se celebraban en a zona sur de la isla,exactamente en la carretera que lleva desde el Cruce de Arinaga hasta la villa de Agüimes, concretamente casi en su entrada, en el lugar que llaman "Las Tres Cruces", un lugar que, al igual que La Piconera de Arucas, permitía seguir casi todo el recorrido de las carreras. Allí acudió y pechó en varias ocasiones el Guajiro, resultando ganador en casi todos los emparejamientos en que compitió, seguido por una gran multitud de aficionados que se desplazaban desde Arucas hasta Agüimes (o Cruce de Arinaga), para seguir sus evoluciones.

El Alazán, el Vencedor, el Kruger, la yegua Meña y otros caballos más, son claros ejemplos y testigos de las victorias del Guajiro, no sólo en la zona de Arinaga-Agüimes, sino también en otras carreras que se celebraban en el municipio de Valsequillo, hasta la zona denominada La Barrera. En una de las ocasiones, al volver ganador de uno de sus enfrentarnientos en Agüimes, Guajiro fue recibido en medio de una multitud de aruquenses que le aplaudían y veneraban. Incluso doña Mariquita del Carmen, vecina y comerciante de la calle San Juan, le había confeccionado una corona de laureles, que le fue impuesta al Guajiro, en reconocimiento a su triunfadora trayectoria. Imposición que se hizo a los acordes de una marcha triunfal que, en aquellos momentos, entonaba la banda municipal de música.

Prolija fue la trayectoria del Guajiro, jalonada por un sinfín de triunfos, que le hicieron ganarse el aprecio, el cariño, el respeto y la consideración de todo un pueblo, el pueblo aruquense, que a partir de ese momento y hasta la prematura muerte del caballo, lo tuvo como paradigma del esfuerzo, la constancia y el pundonor en pos de la victoria.

El Guajiro murió muy poco tiempo después, unos dicen que fruto de un cólico, otros que fue fruto de un mal de gota, lo cierto es que su desaparición se nos antoja algo prematura, a pesar de los esfuerzos y desvelos del veterinario que le atendía en aquellos momentos, don Patricio Leblanc, veterinario que ejercía en la Granja del Cabildo Insular y que prestaba sus servicios, también, en Arucas. Con todo ello, podemos decir sin temor a equivocarnos que, con el Guajiro, se marcó una época en Arucas. Con él nació un ídolo. Con él nació un mito. Con él surgió "un negro", que se convirtió en "el blanco" de toda nuestra admiración y la de todos los aruquenses.

Armando Ramírez Sarmiento © 2006

La Sajorina

Arucas 1936, recién había estallado el Movimiento Nacional. El 18 de julio de ese año, comenzó algo que a todos nos dejó estupefactos y en un estado que ojalá nunca más se vuelva a repetir. El General Franco había partido desde Las Palmas de Gran Canaria y, vía Marruecos, había llegado a la Península, comenzando de esa forma la contienda nacional, que duraría por espacio de tres años, pero que dejará heridas que todavía hoy perduran.

El general se había ido a la Península, pero aquí había dejado atrás una serie de enfrentamientos fratricidas que hicieron de Canarias un nido de tretas, acosas, vasallajes, asaltos, fusilamientos, pérdidas y muertes de personas de las cuales nunca más se ha sabido su paradero.
Hermanos contra hermanos, padres contra hijos, familiares contra familiares y vecinos contra vecinos, todos se vieron envueltos en este tremendo lío, pues cada uno se vio inmerso en un bando, en el que le tocó en ese momento y sin comerlo ni beberlo y, normalmente, sin saber el motivo ni la razón, todos se vieron dando tiros y luchando contra el adversario virtual, que no real, y defendiendo unas ideas que, ni eran las suyas ni sabían cómo ni por qué se les habían inculcado.


Arucas estaba totalmente tomada por los militares y otras organizaciones paramilitares, como era la Falange. La Falange Española, fue un movimiento político fundado en 1933 por José Antonio Primo de Rivera como alternativa al pluripartidismo político y de manera especial de los partidos de izquierdas y para reprimir los movimientos obreros.
Su fin principal era superar las luchas de clases, e imponer en todos una conciencia nacional, anclada en el tradicionalismo y basada en el respeto a una jerarquía del Estado corporativo. Su fundación data del 29 de octubre de 1933, en el Teatro de la Comedia de Madrid. Más tarde, en 1934 se fusiona con las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista, llamadas las JONS, asumiendo la dirección del grupo resultante, el triunvirato formado por José Antonio Primo de Rivera, Ramiro Ledesma Ramos y Ruiz de Alda.
El comportamiento servil a la causa, pues desde el mismo momento del Alzamiento Nacional se situaron junto al bando nacionalista, les sirvió para que en el año 1937, Franco, mediante decreto, unificara todos los grupos, movimientos y milicias, en una sola entidad, llamada Falange Española Tradicionalista y de las Juntas Ofensivas Nacional Sindicalista (FET y de las JONS). El movimiento resultante, engranó perfectamente en el entramado franquista y barría por todo aquello que, a su paso, oliera a desaprobación, crítica o disconformidad.

Y así pasaba en Arucas, donde prácticamente los falangistas eran bastantes, casi más que los militares que asediaban la ciudad. Mucha intranquilidad, mucha incertidumbre, mucha desconfianza
y mucho miedo y temor anegaba los pensamientos de los aruquenses de la época.

Prácticamente no se podía hablar, pues se tenía miedo de que al más mínimo descuido te encontraras con alguien del bando contrario, que alguien te estuviese escuchando y te delatara o que por circunstancias extrañas, algún tiro perdido diera con tu nuca, tu frente o cualquier parte vital de tu organismo.

Todos hablaban entre sí, a escondidas y cuchicheando, pero ello no era óbice para que, de alguna forma, todos estuviesen informados al detalle de todo lo que iba pasando. No se podía andar por Arucas, pues en cada esquina te podías tropezar con una escopeta a la altura de la nariz, o con cuatro desalmados que te arrastrasen al interior de una furgoneta y de allí...sólo Dios sabe a dónde.
Las azoteas de las casas estaban tomadas por los militares y falangistas y desde ellas observaban los movimientos que se producían en las azoteas y patios de las casas que divisaban y, al menor movimiento sospechoso para ellos, el tiro era la pregunta y el golpetazo contra el suelo de la persona
destinataria del disparo, era la respuesta. Lo dicho, ¡un infierno!

Por estar tomada, hasta la iglesia estaba ocupada por los nacionales y desde la azotea de la misma, tenían un buen campo de visión. Desde la misma, uno de esos tiros perdidos, acabó con la vida de una persona que estaba en la calle junto a la esquina de la casa de don Anastasio Escudero y como ese, muchos casos más.


No fue lo mismo en Cardones, donde el cura (creo que por aquellos tiempos ya estaba don José Déniz, "el cura, curandero"), que haciéndose fuerte, no permitió la entrada a ninguno de los que iban armados a sacar de allí a los vecinos que se habían refugiado en la iglesia. "Esta es la casa de Dios, decía, y en la casa de Dios no permito ningún atropello".

Mucho agradecieron los vecinos de Cardones, esta decidida actuación de su cura párroco. La conversación más normal, eso sí, siempre por lo bajo, a escondidas y cuchicheando, era el parte de las actividades habidas y a quienes habían afectado. Del portón, se llevaron anoche a tres hombres, el padre y los dos hijos y de la casa de al lado, se llevaron al marido de Chonita. Esta mañana vinieron por Josenito y también por Juanito y Rosendito. A Juanito, los muy brutos lo sacaron a empujones y al llegar a la furgoneta lo agarraron entre tres y lo jincaron dentro, como un saco papas.
Así, un día y otro día. El miedo se había adueñado de todos los vecinos y todos temían que en cualquier momento, con razón o sin razón, viniesen a por cualquiera de ellos. Pedro, un joven robusto, bien parecido, casado con Teresa y con doce hijos en el mundo, era un trabajador nato. Amante de su familia y de su trabajo, era todo pundonor y tesón, buen padre, buen esposo y mejor persona. Algún que otro ramalazo de disconformidad sí había manifestado, con respecto a lo que veía que estaba pasando, pero sin tomar partido por nadie, pues las tareas de su trabajo y las preocupaciones para sacar adelante a su familia, le absorbían todo el tiempo y no tenía opción a pensar en nada más, ni a reunirse con nadie para exponer su
forma de pensar.

No obstante, como todos los vecinos, también él tenía cierta desazón y temor a que le viniesen a buscar, aunque, como él siempre decía: "¿A mí, para qué me van a detener, si yo no he hecho nada?". La desazón no sólo era de Pedro, sino también de su esposa e hijos, sobre todo su hija mayor, que constantemente le decía que se escondiese, porque en cualquier momento podrían venir a por él.

Cuando en casa de Pedro se enteraron que la noche anterior habían venido y se habían llevado al vecino, Nicolás, el temor se agrandó mucho más y se hizo más patente. Su hija le volvía a repetir una y otra vez aquello de "Padre, escóndase, que van a venir por usted. ¡Tengo el presentimiento!" .
Pedro repitió, quizás por última vez: "No me escondo ¡coño!, yo no he hecho nada". Y decimos quizás por última vez, porque el presentimiento de su hija, desgraciadamente se cumplió.

No había terminado Pedro de decir aquello de "yo no he hecho nada", cuando a la puerta de su casa, sonaron unos enormes golpes, que casi la tiran abajo. Fue la hija a abrir y ante sus ojos, cuatro hombres vestidos con pantalón gris, camisa azul, botas de polaina y gorra roja, casi la apartan de un golpe y dirigiéndose a Pedro le conminaron a que les acompañara.

- Yo no he hecho nada, ¿para qué me quieren ustedes?
- Es sólo para hacerte unas preguntas, Pedro. Tú declaras y no te pasará nada.

Eso le contestaron. Pedro les siguió, se despidió de su familia con un "hasta luego", que no se cumpliría nunca, pues no sabía Pedro que aquella iba a ser la última vez que veía a su familia.

Siguió a los cuatro hombres que habían venido a buscarle y cuando llegó a la furgoneta donde le iban a subir, se dio cuenta de todo, que le habían engañado y que seguiría la misma ruta que los demás, pues allí estaba también su hermano Enrique, el vecino Andrés, el vecino Mariano, Martín, Ricardo, Gustavo, Eduardo y algunos más.

Pedro, antes de entrar a la furgoneta, dirigió una mirada a todos ellos, miró a los cuatro hombres que le habían sacado de su casa y cuando intentó mirar atrás para despedirse de los suyos, un tremendo empujón lo adentró de golpe en el vehículo, encima de los que ya estaban dentro.
Pedro miró a los compañeros de viaje y cuando sus ojos tropezaron con los de su hermano, unas lágrimas de impotencia se deslizaron por su rostro, mientras por su pensamiento empezaba, de una forma clara y nítida, la película de cómo había sido su vida hasta ese día.

Y recordó Pedro sus primeros años de vida. Pedro había nacido en Las Palmas de Gran Canaria, concretamente en la calle de Los Reyes. A los dos años su familia se trasladó a Venezuela y, naturalmente, Pedro se va con ellos y no regresa hasta que tiene cumplidos los dieciséis años. Pedro, ya desde esas fechas, fue un hombre alto, elegante, fortachón y atractivo, además de inteligente y bien amañado, por lo que no le era difícil a la hora de encontrar trabajo. Cierto día que paseaba por la calle de Los Reyes, reparó en una jovencita que trabajaba en un taller de calados y bordados que por allí había. Se quedó mirándola y embelesado con la chica, que era guapísima, bien parecida y muy atractiva y, por lo que observaba, en su forma de tratar las telas que tenía entre manos, muy trabajadora y consciente de sus responsabilidades.

Pedro quedó tan prendado de ella y tan enamorado a primera vista, que se decidió a presentarse a la chica. Pidió información de cómo se llamaba y la dirección de dónde vivía. Se llamaba Teresa, vivía en Telde y estaba de buen ver, así que para Pedro, era un reto el lograr conquistarla, pues se había propuesto que debía ser para él, que la convertiría en su mujer y en madre de sus hijos. Y así fue, un breve tiempo de cortejo en plan novios y la boda, cuando todavía ambos estaban en plena flor de la juventud, él tenía diecisiete y ella dieciocho años. Se fueron a vivir a Telde durante un corto espacio de tiempo, en el cual tuvieron a su primera hija que luego sería la mayor de doce hermanos. En Telde estuvieron muy poco tiempo, porque Pedro, muy responsable, había hecho una solicitud y había logrado el cargo de conserje del Casino de Arucas.

Se trasladaron a Arucas y ya allí vivieron el resto de sus vidas, formando con sus hijos una familia muy bien compenetrada, pues no era difícil ver a Pedro, entre todos sus hijos, rodeado por ellos y su mujer, con alguno de los más pequeños sobre sus rodillas y disfrutando de esos ratos felices que se producen, cuando una familia se encuentra reunida.

No tenía Pedro ideologías políticas, pero de vez en cuando aportaba su parecer, cosa normal, de la forma de hacer y deshacer, de este o aquel cacique, que los había por aquel tiempo. Cargado de hijos como estaba, no obstante alguna escapada se echaba Pedro al bar cercano a casa y alguna que otra "cogorza" cogió, "sin querer" por supuesto, como se cogen todas las cogorzas. Y entonces entraba en acción, el genio y la gallardía de Teresa, pues al enterarse que estaba en el bar, ni corta ni perezosa, allí se presentaba y ante todos los presentes, arrancaba con su marido para su casa.

Un día y otro día, todos pasados en feliz convivencia con su mujer sus hijos, hasta que la fatalidad vino a cruzarse en el destino de esta familia. Se estaba en tiempo de 1a Guerra Civil y los falangistas habían arrasado por todo aquello que les parecía. Hoy a unos y mañana a otros, se han ido llevando a los hombres de la ciudad.

Pedro parecía tranquilo, repitiendo una y otra vez que a él no lo prenderían, pues él no había hecho nada. Sus hijos le insistían una y otra vez, también, para que se escondiesen, pues cualquier día vendrían a por él. Su hija mayor, incluso, le llegó poco menos que a premonizar lo que le iba a suceder.

- Padre, escóndase, que tengo el presentimiento de que van a venir
por usted, escóndase.

- Que no ¡coño!, por qué me voy a esconder, si yo no he hecho nada.

Y pasó lo que tenía que suceder, unos porrazos en la puerta, cuatro falangistas que llegan y, engañando a Pedro diciéndole que sólo era para que contestase y declarase algunas cosas, se lo llevaron, ya para siempre.
No se sabe a ciencia cierta el paradero de los hombres que se llevaron de Arucas, pero mucho tendrán que decir los pozos de los alrededores, sobre todo el del puente de Arucas y el del barranco de Tenoya, la sima de Jinárnar, los campos de concentración de La Isleta y del Lazareto (en Gando), porque fueron los lugares donde llevaban a los retenidos por las tropas nacionales.
Se supone, por rumores de testigos presenciales, que a Pedro y a su hermano Enrique los tiraron a un pozo del barranco de Tenoya, pero que tanto uno corno otro, víctimas de infarto de miocardio (uno) y problemas de pulmón (otro), ante la desesperación sufrida, viendo el final que se les venía encima, sufrieron sendos ataques y murieron dentro de la furgoneta, antes de que los lanzaran al fondo del pozo.

Lo cierto es que Pedro, nunca más volvió a ver a su familia. Teresa, mujer fuerte, recia y de carácter, no se arredró en absoluto y siguió adelante, con mucho sacrificio eso sí, pasando muchas necesidades y sufriendo un sinfín de calamidades, pero sacó a su familia adelante. Al no tener agua en la casa, se tenían que trasladar a las acequias con sus cestas de mimbres y palanganas de aluminio, llenas de ropa, hasta donde pasara el agua, para allí con una piedra corno lavadero, enjabonar y estregar la ropa de toda la familia, luego aclararla bien hasta quitar la suciedad y el jabón que tuviese impregnado. Luego la ropa blanca, como las sábanas, toallas, zagalejos, calzones, camisillas, calzoncillos, etc. etc., se estregaban y quitaba la suciedad mayor, luego se enjabonaban y se tendían al sol, sobre la hierba o matorrales cercanos.

De vez en cuando las mujeres, se dedicaban a rociar con su mano, la ropa que habían tendido previamente. Esta labor se hacía para blanquearla, ya que en esos tiempos no existían ni la lejía ni los tambores de jabón en polvos blanqueadores. Sólo disponían del jabón azul en barras, que se cortaba en trozos con un cuchillo (jabón "Suasto"). Más tarde vendría el jabón Lagarto, que aún hoy se encuentra en los comercios.

La ropa blanca, después de estar a sol unas horas, la aclaraban y añilaban. Para ello se ponía agua en una bañera de aluminio, grande y redonda. Luego se hacía un hisopo con un trozo de tela blanca, en cuyo interior se ponía una ruedita de añil, que era azul, lo ataban con una tira de la misma tela, luego con él en la mano, se metía en el agua de la bañera y se estrujaba, hasta conseguir un agua azulada y clara.

Poco a poco se metía la ropa blanca en esa agua y se torcía bien. Las sábanas las tenían que torcer entre dos mujeres (siempre se ayudaban unas a otras). Las hijas mayores, acompañaban siempre a sus madres, para ayudarles a traer la ropa a casa y tenderla en las liñas. Era un trabajo muy duro, pues si no había agua en la acequia de casa, se tenía que caminar, cargada con todos los bártulos, hasta aquella acequia por donde hubiese agua.
Teresa, como todas las mujeres de esa época, cada semana, como mínimo, hacía esa labor y muchas veces, las hijas mayores la acompañaban y ayudaban a hacer el lavado y cargar la ropa, que, de vuelta a casa era muy pesada, ya que venía mojada. Muchas veces, las hijas, por tener que ayudar en estas labores, tenían que dejar de asistir a la escuela.
Alguno de los hermanos trabajaba y aportaba algo a la economía familiar y Teresa administraba los dineros y la casa. Su figura era respetada y admirada por los convecinos, que también le ayudaban en lo que podían.
Aparte de a su marido Pedro, Teresa había perdido también, por la misma razón y mismas artes, a uno de sus hijos, a quien se llevaron algo después que a Pedro, yal que le dieron a beber algún líquido ponzoñoso y aceite de ricino y lo tuvieron descompuesto durante bastante tiempo, con la muerte en los talones y perseguido por los nacionales. Lo atraparon y lo tuvieron durante bastante tiempo en la cárcel, algo así como unos seis años, tiempo en que se las hicieron pasar "canutas". Salió de la cárcel bastante enfermo, circunstancia que arrastraría ya de por vida hasta que falleció, víctima de todas las penurias y calamidades pasadas en la cárcel, hace aproximadamente unos veinticinco ó treinta años.

Al hijo menor de Teresa, también parece ser que las tropas de ocupación lo habían cogido entre ceja y ceja. Lo tenían muy vigilado constantemente, acosándolo brutalmente y por menos de nada, le caían encima. Bastaba que cogiese una simple fruta de cualquier árbol, como hacía cualquiera en la época, sólo por mitigar el hambre y le caían atrás, como perros de presa. El muchacho tuvo que andar huyendo constantemente y escondiéndose donde buenamente podía, hoy en un sitio y mañana en otro, para poder esquivar la vigilancia. Para hacerse ver y sentir por los vecinos y que estos supiesen por donde merodeaba, solía entonar y cantar (cosa que no hacía mal, pues tenía buena voz), alguna canción tipo ranchera, como "Guadalajara en un llano, Méjico en una laguna ...". De esta forma los vecinos sabían su paradero y le ayudaban, surtiéndole de alimentos. Tantos eran los aprietos que pasaba este muchacho, que, por miedo a que lo prendieran y encarcelaran, estaba continuamente cambiando de ubicación, para no ser localizado. Ese muchacho de entonces, que tantos sacrificios pasó y que a todos se sobrepuso, es hoy en día uno de los supervivientes de la gran familia formada por Pedro, Teresa y sus doce hijos.
Teresa, a pesar de todas las desgracias que le acucian, se sobrepone a la adversidad, lucha denodadamente y consigue que le reconozcan el derecho a cobrar una pensión de viudedad. Una pensión que le conceden y que ha de cobrar mensualmente. Poca cosa es, pero al fin y al cabo, es una ayuda para mantener a toda la familia. No importa, Teresa se las arregla como puede, hace milagros, pero su coraje y tesón le ayudan a resistir.

Algo más tarde y fruto de las muchas calamidades que ha pasado, Teresa enferma del corazón, pasa una convalecencia y algo recuperada, sigue su vida casi normal. El lugar a donde tiene que ir a cobrar la pensión, es una oficina situada en un piso alto, con unas escaleras muy empinadas que a Teresa le causan muchas molestias y cansancio. Teresa hace la consulta de si puede venir alguien a cobrar por ella, a lo que le contestan con muy malos modos, que, que tiene que venir ella a cobrar en persona y que si no viene, se queda sin cobrar.

Teresa hace de tripas corazón y se va hasta la citada oficina a cobrar su pensión y cual no es su sorpresa al reconocer, en el señor que le pagaba la misma, a uno de los que se habían llevado a su marido la noche que lo mataron. En ese momento, ella se encaró con el empleado, lo mira fijamente a la cara, se dirige a él y ante toda la gente que allí se encontraba, le dice: La pata que eches p'alante, p 'atrás se te vaya y por la escalera te he de ver rodando y con la lengua fuera. Y a todos los que se llevaron y mataron a mi marido ¡coño!, he de verlos mal de la cabeza y echando bichos por la boca.

Todos los presentes se le quedaron mirando, se hizo un profundo y largo silencio y Teresa, una vez cobrada su pensión, con su cabeza bien alta, su mirada fija y su rostro regocijado, escaleras abajo enfiló el camino de la calle y luego a su casa.
Al mes siguiente, Teresa vuelve a la indicada oficina a cobrar nuevamente su paga. Cuando está en el mostrador y una vez efectuado el cobro, se oye un estruendo en la escalera, la gente que se arremolina junto a ella, algunos gritan, otros simplemente se agrupan y Teresa también se acerca a ver qué es lo que pasa. Ante sus ojos se le presenta el siguiente espectáculo: el hombre al que el mes anterior le había echado la maldición, está caído en el rellano de la escalera, "muerto y con la lengua fuera".
Teresa sale, escalerasabajo, muy erguida y muy ufana, mientras a sus espaldas oye unas voces que dicen: Es la sajorina, la que echó la maldición.

Pasan los años y Teresa se entera de que, otro de los hombres de los que se llevaron a su marido, se volvió loco y que lo habían recluido en el manicomio. Otro de ellos, también cayó enfermo y cuentan que echaba espumas y bichos por la boca.

A partir de esos acontecimientos, Teresa fue conocida y así se le recuerda, como ¡la Sajorina!. No sólo es a Teresa a quien luego se le apodaría la Sajorina, también fueron y son conocidos así, sus familiares más cercanos. Todavía hoy, quedan vivos dos hijos de la Sajorina y, naturalmente bastantes nietos. Todos son conocidos como "Los Sajorines".

Lidivina Sánchez Melián © 2004

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  1. Sajorina = Zahorina
  2. Zahorí... = Persona a la que el vulgo atribuye la facultad de ver lo que está oculto, aunque sea debajo de la tierra. (DRAE).
  3. El presente relato está basado en hechos reales. Los nombres de los personajes han sido variados intencionadamente.

La cueva del Santo


Una de las tantas noches del verano de 1960, los amigos de siempre nos reuníamos como era habitual en la ventana de la esquina de la Gota Leche. Era nuestro acostumbrado punto de reunión, allí empezábamos nuestro día de vacaciones y allí lo terminábamos, cuando caía la noche, siempre hasta el límite de la tolerada hora de las diez, cuando se acababa nuestro permiso paternal y teníamos que volver a casa. Si yo me retrasaba, sonaba el silbido de retreta de mi padre.

Aquí revivíamos nuestras correrías del día por la Montaña de Riquiánez, donde habíamos establecido nuestro cuartel de vacaciones en una abandonada casa de aperos de labranza en la falda poniente de dicha montaña, tan desvencijada que la tuvimos que techar con algunas ramas de eucaliptus, de aquellas que estaban ya cortadas para venderlas como jorcones. Cerca del lugar teníamos la llamada Fuente Francesa o del Francés, en la que saciábamos nuestra sed ayudados de una camisa de la piña o flor masculina de la platanera, o con un pedazo de rolo.

Era habitual que en estas tertulias onceañeras siempre surgieran cuentos y leyendas, con guiones de suspense y misterio que durante su narración producían la mayor expectación y silencio de los allí reunidos. Aquella noche la leyenda iba sobre la Cueva del Santo, o más bien sobre el Santo de la Cueva, personaje que se nos antojaba como misterioso y fantasmal, que dada la incredulidad de lo contado, la avanzada hora próxima a nuestra retirada, acordamos quedar para al día siguiente e indagar la misteriosa cueva en la Montaña de Arucas.

Aquella noche, el recuerdo de esta extraña historia, más próxima a la leyenda que llegó de boca en boca, entre sueño y sueño, alguno de nosotros pudo tener cierta incontinencia urinaria al percibir algún que otro extraño ruido nocturno.

Llegado el día siguiente, allá sobre las tres de la tarde, después del almuerzo para tener más tiempo, todos expectantes coincidíamos en nuestro habitual punto de reunión. Disponíamos de algunas linternas, de aquellas que llevaban la pila cuadrada, y por si acaso un trozo de soga de pita. Desechamos el uso de las velas del elefante porque habíamos oído decir de su peligro dentro de las cuevas.

Sin más cuando ya estábamos todos, emprendimos el camino desde la calle La Cruz hacia La Cerera, territorio que todos conocíamos como el de los meapocos, silopos, cachopos, y un largo etcétera de apodos con los que eran conocidas muchas familias desde muchas generaciones. Un curioso vocabulario que venía a ensalzar posiblemente los problemas de vejiga de algún antepasado en el primero, y vaya usted a saber de dónde venían tanto los siguientes como los otros muchos que se oían por aquel entonces. Hoy en día valoraríamos mucho más el recuerdo de los antiguos artesanos de la cera o del turrón que por allí vivían.

Atajábamos el camino hacia la Montaña pasando entre los cercados y bancales de las plataneras, próximo a donde hace algunos años han aparecido restos de nuestro pasado aborigen, según los entendidos un hábitat de cuevas y estructuras edificadas, conocido como Yacimiento de La Cerera. Si en aquellas fechas fuera ya conocido, sin duda hubiera aportado más misterio y fundamento a la odisea que habíamos emprendido. Tras cruzar el primer tramo de la carretera de subida a la Montaña, tomamos el sendero que pasaba entre tuneras y lagartos, que lleva hasta el Camino de La Cruz, y así de forma más rápida, acceder al tramo superior de la carretera. El que se seguía cuando íbamos de Jira a la Montaña.
Escultura de Jose Luis Marrero
Cuando por allí pasábamos, alguien contó lo que había oído, que en ese lugar de La Cruz fue enterrado un guerrero guanche llamado Doramas, después de un valiente enfrentamiento con las tropas castellanas de un tal Pedro de Vera. Entonces para nosotros, eran personajes totalmente desconocidos, pues sólo supimos en el colegio de la reconquista por Pelayo y los Reyes Católicos, o de las obras de José María Pemán, pero de la conquista de Canarias, nada de nada.

No estaba desencaminado quien lo había oído decir. Ahora conocemos lo que cuentan las crónicas de Agustín Millares quien narra que estando herido de muerte Doramas «… Sabido del caso por Vera y sus oficiales, se dispuso inmediatamente hacer alto y bautizarle, para cuya ceremonia, que él no podía comprender, llevaron agua de una fuente cercana en el casco de un soldado. Quiso entonces ser su padrino el mismo General y darle su propio nombre, todo lo cual, verificado sin el menor obstáculo y recibida el agua santa, el héroe expiró. Abriéronle un sepulcro en aquella montaña de Arucas, testigo de sus triunfos y de su derrota, y, entre canarios y españoles, levantaron un cerco que rodease su fosa, señalándola a las futuras generaciones con una humilde cruz...».

En cuanto al lugar donde se libró la conocida como Batalla de Arucas, hay diferentes versiones. Unos la sitúan en el Lomo de Arucas y otros junto al Camino Real de Gáldar, si bien también aquí surge la división de opiniones. Unos cerca del Portichuelo y otros en la inmediaciones de Trasmontaña.