miércoles, 23 de mayo de 2012

Humor en las sombras


Arucas es hoy en día, y a decir verdad siempre lo ha sido, una ciudad acogedora, entrañable, limpia y atractiva, no solo para los habitantes del municipio, sino también para todos aquellos que nos visitan, tanto si son de la isla, del resto del archipiélago o son producto nacional o extranjero, porque todos quedan impresionados y enamorados de lo que es nuestro municipio y las grandes virtudes que tiene, tanto en el terreno agrario, paisajístico,  ornamental, arquitectónico, social ,  cultural, etc. etc. Hoy tenemos una Arucas plena de luz y alegría en todos los rincones. Puedes cruzar el municipio de banda a banda, casi sin encontrarte con ninguna zona de sombras por falta de iluminación.

Quizá una de las zonas que mejor acogida ha tenido, es la zona de la charca camino hacia Visvique, lo que al común de los vecinos se le ha dado por llamar “la ruta del colesterol”, por ser una zona destinada al paseo de los transeúntes, bien caminando, corriendo, haciendo footing, o cualquier otro tipo de ejercicio que ayude de alguna manera a rebajar un poco la grasa sobrante, eliminar los michelines, aminorar el nivel de colesterol en la sangre , templar tensiones y la regulación de los triglicéridos. En definitiva, una zona que nos ayuda a llevar una vida un tanto más deportiva y por tanto más sana por aquello de “mens sana in corpore sano” que diría Pio XII.

Una zona que, aparte de servirnos para hacer algo de deporte, se puede usar también aunque solo sea para dar un simple paseo, saliendo de Arucas y llegando hasta la entrada a Visvique y vuelta otra vez para Arucas. Un paseo agradable que cubre las necesidades de los transeúntes, tanto de día como de noche, porque la iluminación que tiene la zona, invita a dar esos paseos nocturnos, sin temor alguno a cualquier percance. ¡Vamos!, que hay tan buena iluminación que, incluso, podrías leer el periódico mientras te dedicas al paseo diario.

Pero... (naturalmente tenía que haber un pero), no siempre ha sido así la zona. No siempre ha estado tan iluminada, ni siempre se ha podido transitar por la misma con la seguridad con que se transita hoy en día, no solo a nivel de seguridad humana, sin temor a ninguna molestia por parte de cualquier otra persona, sino la seguridad a nivel de tráfico rodado, pues hoy los transeúntes van por una vía y el tráfico de vehículos va por otra completamente diferente, sin molestar a los paseantes o los que van a correr, hacer footing o cualquier otro ejercicio propio para sudar un poco y eliminar unas cuantas calorías  y las consiguientes grasas superfluas.

Antiguamente era otra cosa muy distinta. Saliendo de Arucas, el último punto de luz estaba a la altura del Pino y el siguiente no lo venías a encontrar hasta la llegada a Visvique, exactamente donde está el mojón del kilómetro 1. Y no vayan a creer que eran focos de 3.000  o 4.000 vatios, que dieran una iluminación excepcional, ¡que va!, eran unos simples bombillitos de 100 ó 150 bujías, que en la oscuridad de la noche no te permitían ver mucho más allá de tus narices.

Con este panorama imagínense como era el transitar por la carretera de Arucas a Visvique, sobre todo en noches de luna nueva.  Cuando era tiempo de luna llena, con la claridad de la luna, más o menos nos defendíamos y podíamos tirar carretera adelante, pero con luna nueva, a oscuras, ¡aaamigos!, eso era otra cosa bien distinta. Ibamos dando tumbos y poco menos que caminando de oído, porque no veíamos absolutamente nada y solo de vez en cuando, al pasar algún que otro coche, bien particular o taxi, podíamos ver a lo lejos y hacernos una composición de lugar, viendo el terreno que pisábamos.

Caminabas por el centro de la carretera y solo cuando veías venir algún coche, te echabas a un lado, para volver al centro una vez pasado el vehículo en cuestión. Lo de caminar por el centro de la carretera, no era un mero capricho, no señor. Se debía más bien al respeto que imponía la oscuridad reinante y el caminar entre plataneras por un lado y por otro y el dispararse la imaginación, pensando en un sinfín de situaciones de posibles, aunque no reales, atracos y un sinfín de historias, fruto todas ellas de tu más o menos desarrollada imaginación.

Ya se sabe que la imaginación es libre y cuando uno va caminando solo en la noche, con plataneras por un lado y plataneras por otro, una simple hoja de platanera colocada en una situación determinada, la imaginación te la hace ver como a una persona agazapada, a la espera de hacerte daño a tu paso.

Vas caminando y el vaivén de las hojas, mecidas por la suave brisa nocturna te hace ver movimientos de personas, que solo existen en tu mente y para colmo, si esa brisa, esa ventisca que pueda haberse levantado, es suficiente como para partir una hoja, no te puedes imaginar la cascada de situaciones que se producen. Cuando oyes ese chasquido al partirse la hoja a tus espaldas, una corriente eléctrica te recorre todo el cuerpo, los pelos se te erizan, un suave sudor frío te baña de arriba a abajo, la carne se te pone de gallina, el organismo te empieza a segregar adrenalina en cantidades industriales, los esfínteres empiezan a perder el control, alguna gotita se te escapa y como Dios te da a entender y sacando fuerzas y valentía de donde no las hay, empiezas a acelerar el paso sin disimulo alguno y, mientras trincas las nalgas una contra otra, mirando atrás de vez en cuando pensando que alguien te persigue, cuando te das cuenta ya casi estás corriendo.

El peligro ha pasado. Posiblemente, alardeando de valiente, incluso comentes con algún amigo la odisea vivida y con qué arrojo y valentía la solventaste. Por supuesto que, en tu relato, omitirás las gotitas que se te fueron por el pantalón y la carrera de niño asustado que te pegaste. Lo más probable era que, al día siguiente al pasar por el mismo sitio, tú mismo te dieras cuenta de que, lo de la noche anterior, fue todo fruto de tu imaginación, al ver la hoja o la platanera partida y caída en el suelo. Posiblemente alguna sonrisa maliciosa se te escapara al comprender lo ridículo de la situación creada.
Pues bien, esa carretera que más o menos a grandes rasgos he tratado de describir, era tal y como la he explicado.

Cuando ibas en grupo de dos o más personas, la pasabas más o menos bien, pero en solitario y a lo oscuro, se hacía eterna, parecía que nunca acababa y que, cuanto más caminabas, más se alejaba el horizonte a conquistar, a cada movimiento de hojas, cada sombra que pasaba al moverse las plataneras por el viento, hacían que por tu imaginación y en cuestión de décimas de segundos pasasen un sinfín de ilusorias historias y situaciones ridículas. Cuando caminabas hacia Visvique, más o menos aguantabas bien, porque por aquellos tiempos (estamos hablando de la década de los 60 ) aunque todavía la iglesia de Arucas no  tenía la iluminación que hoy tiene, si es verdad que ya contaba con bastantes luminarias, aparte de las propias de la iluminación del casco de la ciudad y ¡naturalmente! al ir caminando hacia Visvique, esas luces las tenías a tus espaldas con lo cual, hacia delante algo veías, no mucho, pero sí lo suficiente para orientarte.

Lo malo era venir de Visvique hacia Arucas. En este caso las luces de la iglesia y del casco de la ciudad las tenías de frente, con lo cual no solo no te alumbraban ni te servían para nada, sino que, al contrario, el efecto que producían era de deslumbramiento y por tanto no te permitían ver nada delante de tí, caminando a ciegas y poco menos que dando tumbos.

Esa carretera, yo la tenía que transitar casi todos los días y (por supuesto) casi todas las noches, tanto en un sentido como en otro, unas veces acompañado y otras veces en solitario y les puedo jurar que he sentido todas las sensaciones que anteriormente he detallado y algunas más que, por vergüenza torera, más vale callar. A veces había suerte, pues la mayoría de los taxistas de Arucas eran conocidos y cuando regresaban de realizar algún viaje a Santa Flora o Los Portales, al ver caminando a una persona camino de Arucas, la mayoría de ellos paraban y te arrastraban hasta la parada. Ellos habían hecho el viaje y lo habían cobrado, pero tenían que volver de vacíos, por lo cual siempre o la mayoría de las veces te hacían ese favor de arrastrarte hasta el centro del casco donde tenían la parada. Magníficos taxistas hubo en Arucas y excelentes personas: Juanito Hernández, Manolo Darias, Paquito Hernández, Juan Cardona, Paulino, Antonio Berrocal, etc. etc. un sinfín de nombres de taxistas, cuya enumeración sería muy extensa. Valga el citar solo a estos, en representación de todo un magnífico gremio, como ha sido y es el gremio de taxistas de Arucas.

Por aquellos tiempos yo tenía a mi novia que vivía en Visvique (hoy es mi mujer y con la que llevo casado más de tres décadas). En su casa había nada menos que siete hermanas, de las cuales cinco tenían novio. Los domingos veníamos al Paseo y luego quedábamos para ir todos juntos a la vuelta. Lo hacíamos en grupo carretera adelante, grupo que solo se rompía para ponernos en fila india, cuando venía un coche y luego volver a agruparnos por aquello de que “el miedo si es compartido, siempre toca a menos” y vean como son las cosas, después de detallar lo que he detallado antes sobre las figuras de las plataneras, las imágenes que te hacen concebir las sombras de las hojas movidas por el viento o la percepción de algún sonido extraño, lo cierto es que a pesar de ir en grupo, nadie quería quedarse el último por el respeto que imponía la situación.
A la vuelta veníamos todos los novios juntos hasta Arucas, donde cada uno tomaba sus correspondientes derroteros. Uno de los novios, a veces traía coche, con lo cual nos llevaba a los demás hasta Arucas. Luego él seguía para Las Palmas de Gran Canaria y los demás en Arucas, nos repartíamos cada uno a su territorio familiar.

Esto era lo más común, el venir todos juntos, pero había veces (yo diría que bastantes), en que yo tenía que volver solo y ahí había que echarle valor al asunto. Recuerdo que en cierta ocasión había acompañado a mi novia hasta su casa. Allí estuvimos largo tiempo e incluso recuerdo haber jugado una partida de dominó con el padre y el tío de mi novia. A una hora determinada emprendí camino de regreso hacia Arucas (yo vivía en la Hoya de San Juan, completamente al lado contrario).

Recuerdo que aquel día vestía un traje oscuro, pantalón y chaqueta, y por tanto se pueden imaginar que en una noche de luna nueva, con traje oscuro, era imposible distinguirme en la negrura de la noche. Yo venia caminando hacia Arucas, no por el lado de las plataneras (¡eso, ni de coña!), sino por el otro lado, donde había un muro que todavía hoy existe y que es el límite interno de la ruta del colesterol. Con la negrura de la noche, las luces de la ciudad y de la iglesia dándome en la cara con lo cual me deslumbraban y no me permitían ver nada hacia delante. Yo venía caminando a ciegas y poco menos que con el piloto automático. Venía fumando un cigarrillo.

Al mismo tiempo, otro señor, también vestido de oscuro caminaba en sentido contrario, es decir desde Arucas hacia Visvique, traía zapatos con goma por debajo lo que le permitía no hacer ruido al caminar. El me veía a mí, pues aparte de traer las luces a su espalda, al yo traer el cigarrillo encendido, la brasa de cigarro me delataba. Yo a él ni le veía, (con las luces de frente y su traje oscuro era imposible) ni le oía, pues sus zapatos no hacían ruido al tener piso de goma.

En definitiva, por diversas circunstancias, el me veía a mi pero yo a él, ni imaginármelo. Pues a todas estas, imagínense vds. que cuando él llegó a mi altura, acercándose a mí, con una voz bronca y resonante, que en aquellos momentos me pareció de ultratumba, me dice: “¿Me da fuego, por favor?”. Yo quedé sobrecogido, un sentimiento de miedo y de terror recorrió mi cuerpo, los pelos de punta, el cuerpo sudoroso, los nervios a punto de estallar y... ¡estallaron!. Pegué un grito espeluznante, que lo tuvieron que oir en Teror: ¡¡¡Mamáááá!!! y con la misma eché a correr en dirección a Visvique.

El señor que me había pedido fuego, naturalmente no se esperaba mi reacción y también quedó atenazado y petrificado por la situación. Se asustó él también y al grito de ¡¡¡Mamááá!!!, más fuerte que el mío, echó a correr hacia Arucas.

La situación, ridícula y simpática al mismo tiempo, duró solo unos segundos, los suficientes para que los dos comprendiéramos lo ocurrido y de inmediato, él por una parte y yo por otra, los dos nos echamos a reír y vaya que si reímos, lo hicimos durante un buen rato y a mandíbula batiente. Hicimos algunos comentarios jocosos sobre el momento, le facilité el fuego, para su cigarro, que me había pedido, nos saludamos y a renglón seguido él continuó su ruta hacia Visvique y yo la mía hacia Arucas, una ruta que felizmente pude completar sano y salvo, pero que al cabo de un rato, cuando ya los nervios se habían “asentado”, cuando ya el cuerpo, repuesto del susto y de la situación vivida, volvía a coger su temperatura normal, una sensación de humedad y calor al mismo tiempo, empezaba a manifestarse por la zona de las entrepiernas, los muslos y las piernas hasta los mismísimos zapatos. 

Algo me dio a entender que, en el fragor de la situación vivida, con el susto y la carrera incluidos, sin que ni tan siquiera me hubiese dado cuenta, ¡me había meado en los calzones!, así mismo tal y como lo cuento.

 Armando Ramírez Sarmiento © 2004

jueves, 17 de mayo de 2012

El patio de mi infancia


No diré que el patio de mi casa era particular ni que no se mojaba si llovía, pero sí que al evocarlo al amparo de la memoria intemporal que nutre los recuerdos, simplemente me emociono.

Como en casi todas las viviendas canarias de la época el patio fue siempre centro de reuniones familiares y testigo inmutable de hechos cotidianos; además de zona de ocio y disfrute , recreo de pequeños, frescor estival, cajita de mis secretos y sobre todo rincón mágico por donde es capaban mis sueños de niña.

Presidido por una hermosa palmera de alcanfor asentada en un gran barril carente de color debido a la intemperie, en él confluían todas las dependencias de la casa. El piso de cemento rojo con perfectas rayas imitando baldosas era ideal para jugar al teje. Dos escuetos escalones daban paso a la cocina, de la que escapaban tentadores reclamos de comida recién hecha y vapores que se arremolinaban junto a la escalera que conducía a la azotea, flanqueada por una endeble y destartalada barandilla de madera, nada fiable por cierto, que por razones obvias era la pesadilla de mi madre. En el primer descansillo, una misteriosa alacena suscitaba mis recelos y el de mis hermano al imaginarla refugio de brujas y cosas de asustar. El oscuro cuarto de las papas debajo de la escalera despertaba la misma desconfianza. Del techo de la cocina pendían frondosos helechos de a metro que daban al espacio un ambiente siempre verde. Los geranios y periquitos ponían la nota de color y el aroma de las rosas, hierba huerto, y sándara que llegaba de la azotea perfumaba el aire. El rumor del agua de la acequia colindante era el ingrediente que faltaba para que aquel lugar se me antojara idílico.

Mi patio era a la vez sufrido escenario de nuestros juegos infantiles o silencio sosegado que invitaba a la lectura. Me gustaba especialmente sentarme a leer en la escalera con el gato en mi regazo mientras mi madre cosía. Era también escenario de bautizos y comuniones. Recuerdo la mía atormentada por los estragos que hicieron en mis pies los zapatos nuevos, con los agravantes de haberme clavado una tacha el día anterior y la quemadura producida por el fósforo que supuestamente evitaría el garrotejo. Como para olvidarla. En las tardes de los meses invernales, los cuatro hermanos sentados en una manta al pie de la escalera de la cocina, esperábamos impacientes la escudilla de leche escaldada, el cochafisco y en caso extraordinario el huevo frito espolvoreado con gofio y azúcar que mi madre preparaba como nadie. Sabores irrepetibles que se cuelan en mi nostalgia.

Las experiencias vividas en aquel remanso de paz que cobijó mis primeros años desplegaron sentimientos, pautas y valores que sin pretenderlo forjaron mi carácter. Al calor de los años transcurridos me sorprende cómo las vivenciasse agolpan en mi mente, deseosas de ser rescatadas. Descubrí que el dolor forma parte de la vida un infortunado día en que uno de los pocos coches que transitaban las calles de la ciudad, atropelló el cuerpecito de una niña de tres años que se cruzó en su trayecto. La madre se hallaba comprando en una de las tiendas de aceite y vinagre del barrio y fue testigo del atropello sin poder evitarlo. Con el fin de calmarla, condujeron a la mujer al interior de mi casa, donde trataron de consolarla cuando ya se sabía que todo intento por reanimar a la criatura había sido inútil. Desde el patio pude oír los gritos desgarradores que arañaban el denso silencio que se instaló por toda la vecindad. Presa de una comprensible locura transitoria, tan pronto clamaba al cielo como lanzaba improperios dirigidos al chófer del coche objeto de su desesperación. Aquellos alaridos quedaron grabados en mi sentir durante mucho tiempo. Quedé impactada por el suceso y aún hoy me estremece recordarlo, en cambio brotó en mí un sentimiento de compasión infinita hacia aquella familia. Por primera vez reflexioné sobre el ciclo de la vida y advertí que no siempre acaba en la vejez.

En verano, la estrecha puerta a la acequia se abría de par en par: Descalza, saltaba una y otra vez el murito desde mitad de la escalera y me afanaba en uncontinuo acarreo de baldes colmados de agua con los que regaba las flores, llenaba la pileta, fregaba el piso, bañaba al perro ... Los días de fiesta tocaba bautizo de muñecas. Mis hermanas y yo ejercíamos de madrinas y se cursaba invitación expresa a las niñas del barrio con la condición de acudir ataviadas para la ocasión, incluidos velo y tacones. Luego había brindis con galletas del pájaro amarillo y Anís del Mono requisado del aparador bajo llave.

Me gustaba soñar y la acequia era el lugar idóneo para ello. Con los pies en remojo saboreaba mi territorio interior repleto de fantasías y asistía gozosa a la botadura de barquitos de papel cargados de anhelos, con la inocente ilusión de la arribada a un océano imaginario donde los sueños se cumplen. Encomendaba a los duendes del agua mensajes embotellados que la corriente engullía en el remolino que se formaba al final de la riscadera. Justo en ese punto al pasar un puentecillo de piedra, el muro era más alto y el tránsito se hacía peligroso. Era ahí donde más de una vez mi hermano se cayó dentro, cargado de libros, camino del antiguo Colegio La Salle, lindante con dicho muro. Oía el pito desde el patio y salía corriendo. Llegaba empapado, se ponía
en fila y luego lo mandaban a casa a cambiarse.

Arrodilladas ante el lavadero siempre había mujeres lavando, tocadas con sombreros de paja, ocupadas en el trajín de salpicar, enjabonar, restregar, enjuagar y torcer entonando canciones de moda, estrujando algún cuchicheo o desahogando pesares enjalbegados con jabón lagarto. Saltábamos entre sus piernas detrás del vuelo de mariposas, pájaros o caballitos del diablo que posaban sus largas patas amarillas donde el agua se hacía mansa. El acequiero era un hombre serio vestido de gris, con una especie de vara en una mano y un manojo de llaves en la otra. Abría las rejas de la cantonera, controlaba el caudal y vigilaba los vertidos. Cuando llovía en demasía, el agua bajaba achocolatada y ruidosa; más de una vez nos sorprendió el reboso que bajaba en cascada por la escalera anegando el patio por completo.
Los hermanos del Colegio La Salle hacían sus oraciones paseando por la azotea del centro con una especie de misal en las manos. Cuando se acercaban al pretil llamábamos su atención desde el puentecillo pidiéndoles regaliz y caramelos, unos eran más amables que otros pero casi siempre alcanzábamos algo. El regaliz era auténtico, con un genuino sabor que no he vuelto a probar. Los sábados por la tarde, cuando el lugar estaba más solitario, Juanillo, personaje popular por antonomasia en Arucas, solía bañarse canturreando, no sin antes colocar cerca una ristra de piedras de considerable tamaño dispuestas a ir directas a la cabeza de quien osara acercarse. Un día, algún gracioso, aprovechando un despiste le quitó la ropa y lo vi desde la azotea hecho un mar de lágrimas agachado junto al muro. Avisé a mi padre y entre varios vecinos lo convencieron para que saliera del agua, donde por lo visto había permanecido varias horas. Lo arroparon, le dieron algo caliente y lo llevaron a su casa. Me conmovió sobremanera verlo llorar como un niño desvalido, acostumbrada a su carácter arisco y distante y aunque siguió inspirándome cierto temor, aprendí a ver su lado más humano.

El saboreo del buchito propiciaba tertulias de sobremesas festivas en las que se tomaba el pulso a la vida social, se comentaban algunas noticias relevantes o se jugaba alguna partidita al envite. Mi padre aprovechaba cualquier ocasión para relatar con pelos y señales las circunstancias de las graves heridas que sufrió en la guerra y su peregrinar por los hospitales en tierras peninsulares. A mí la parte que más me gustaba era cuando relataba la fiesta que se formó en casa de mi abuela el día de su regreso, pues nadie confiaba en volver a verlo con vida.

Los animales correteaban por el patio con total libertad. Tuvimos al tiempo un perro y un gato que eran todo un ejemplo de convivencia: se turnaban para usar el mismo comedero, dormían juntos dándose calor, jugaban sin parar y se hicieron inseparables. El gato, no sé si por vagancia o por alguna dificultad física que desconocíamos, esperaba siempre al perro en el primer o último escalón de la escalera, según quisiera subir o bajar y a galope en su lomo salvaba el trayecto con cara de velocidad.

Piruso era un perrito noble y cariñoso que participaba de nuestros juegos como uno más. Se dejaba acicalar por mis hermanas pequeñas con la paciencia de Job: lo bañaban y perfumaban, lo acostaban en la cuna, le daban el biberón, lo vestían ... El gato se revelaba más, aunque a veces entraba a formar parte del juego a cambio de alguna golosina. Menudo disgusto cuando un vecino acabó con el felino porque le dedicó una furtiva y tal vez malintencionada mirada a su canario. Piruso y yo compartíamos la misma animadversión hacia Juanillo. Su manso carácter se encrespaba cuando sentía su presencia desde lejos. Una vez salió hasta la calle ladrándole como una fiera, Juanillo con las dos manos cargadas de periódicos dio patadas a diestro y siniestro, al tiempo que regaba de escupitajos todo lo que estaba a su alcance y lanzaba los exabruptos verbales de su particular léxico.

El amor a los animales es algo que asumimos desde muy pequeños y he aquí una muestra de ello. En el barrio se habían puesto de moda las tiraderas, lo malo es que no solo las latas, frutas o farolas eran la diana improvisada de sus piedras bien certeras. El cercado de las cabras era una especie de parcela comunitaria donde los vecinos cultivaban su huertito, montaban su gallinero o chocita para la cabra con la que abastecían de leche las necesidades familiares. Los domingos por la tarde, la gente se reunía sobre la tosca cobijada al lado del cercado para jugar a la lotería. El cartón valía una perra y si por casualidad ganaba no me dejaban marchar hasta jugar tres veces más.

Había hasta una fuentecilla de la que entre piedras y culantrillo brotaba un hilito de agua clara. Algo mas retirado, un vertedero rodeado por un muro de piedrasa modo de ingente contenedor era usado como depósito de los residuos vecinales. Yo me privaba por disfrutar de aquel lugar que mi madre consideraba foco de infecciones y reservado a juegos varoniles. En estos menesteres se hallaba ocupado una tarde un grupo de chicos entre los que estaba mi hermano, todos con sus respectivas tiraderas dispuestas a apuntar a todo lo que se movía, aburridos ya de objetivos estáticos. Decidí marcharme al primer rabo de lagarto dando coletazos, en vista de la masacre que se avecinaba.

Me devanaba los sesos con problemas aritméticos de la tarea diaria cuando llegó mi hermano alterado. Traía entre las manos un pajarillo muerto. Me dijo que lo alcanzó en la higuera grande, junto a la fuente y me juró entre sollozos que no quiso matarlo. Lo pusimos bajo el chorro tratando de reanimarlo en un intento desesperado de devolverle la vida. Los dos lloramos ante el cuerpecito inerte. Con todo el cariño de que fue capaz lo depositó con cuidado en una cajita de cartón preso de un gran sentimiento de culpa. Cada día la abría esperando un milagro hasta que mi madre se deshizo del cuerpo del delito. Cambió la tiradera por chapas con las caras pegadas de Puskas, Gento, Di Stefano, Kopa y el resto del equipo del Real Madrid. Su amigo Manolo lideraba el equipo del Barcelona y a veces se enfrascaban en sonadas discusiones por un "quitameallá" ese penalti.

En la azotea, otro lugar mágico, siempre hubo gallinas, conejos y cabras. Recuerdo una cabrilla capirota, blanca por delante y negra por detrás, muy amorosa, que se comía todo lo que le echábamos por poco digerible que esto fuera. A veces, por Navidad, mi abuelo traía de Guía algún corderillo al que le cogíamos tanto cariño que hacíamos duelo cuando lo sacrificaban, negándonos a comer su carne. Era amiga de las ranas del estanque que me arrullaban mientras dormía, hasta el punto de extrañarlas cuando nos mudamos años más tarde. Envidiaba a los pájaros por su facultad de remontar el suelo y me pasaba horas intentando atrapar alguno de los vencejos que en bandadas surcaban el aire en vuelo rasante.

La azotea era la prolongación de mi pequeño mundo, solárium particular donde me gustaba tomar el sol boca arriba junto a las sábanas salpicadas de añil. Gozaba lanzando cometas con mudos mensajes, intentando que mi perro hablara como la perrita Marilín, soportando frío y calor asomada al muro para ver pasar a mi platónico primer amor y contando mis sueños a la luna. El patio era también observatorio meteorológico de andar por casa antes de preparar la indumentaria dominguera para que no nos sorprendiera el "temperie". Nos ateníamos a las predicciones hechas por mi padre, que como buen hijo de pastor era experto observador de caminos en el cielo, cabañuelas, luceros del alba, nubes en forma de coliflor, vientos alisios y ancestral es indicios que barruntaran cambios. Si queríamos una predicción a largo plazo había que subir a la azotea a otear de costa a cumbre para obtener mayor información. Los fenómenos atmosféricos eran vividos por la chiquillería según rugiera la caprichosa naturaleza: con misterio ante el ulular del viento en la noche, con entusiasmo ante la lluvia para chapotear en los charcos, con curiosidad ante el granizo que se deshacía en nuestras manos o con temor ante el fogonazo del rayo o el restallar del trueno.

El eclipse total de sol ocurrido el dos de octubre de 1959 creó una gran expectación. No se hablaba de otra cosa. Los niños preparamos con entusiasmo cristales ahumados o trozos de botellas para contemplar el acontecimiento. Se hizo de noche a media mañana, los perros ladraron extrañados, las gallinas subieron al palo del gallinero para dormir y el gallo cantó cuando la luna empezó a destapar el sol. Yo no me separé de mi hermano que me iba explicando todo el proceso hasta que el sol se hizo invisible y de nuevo amaneció, más que nada por el miedo que me había metido en el cuerpo el rumor de que sería el fin del mundo.

El polvo sahariano a veces traía plagas de cigarras, en aquellos años hubo varias. La más desastrosa arrasó con todo. Se las veía saltar sobre cualquier atisbo de verde, cogíamos las que llegaban al patio y las amarrábamos con hilopor una pata para llevarlas donde quisiéramos. Las Vegas, un vergel en aquel entonces, se llenó de ruidos de cacharros y tapas de calderos que entrechocábamos los niños desfilando entre los surcos de plataneras, los mayores daban sonoras palmadas y encendían hogueras.

Resucito la imagen de mis abuelos cuando llegaban de Guía cargados con alforjas con queso de flor; lecheras con tabefe. hojas de ñamera repletas de exquisita mantequilla, carne de cochino, frutas y verduras. Nos gustaba oír sus historias llenas de sencillez y sabiduría campesina. Por parte materna nos llegaba de Tejeda bienmesabe, higos pasados y almendras. Eran años difíciles pero la comida nunca faltó.
La calle fue otra escuela de vida que fraguó amistades con las que compartir juegos derrochando energías que nunca sobraban, lo que sí sobraba y mucha, era imaginación para elaborar muñecas de trapo, pelotas con tiras de plataneras, carretones de verguilla, yoyós con botones, zancos con cacharros,  ... Establecíamos nuestras propias reglas de juego sin que nadie se atreviera a violarlas. Fuimos una generación callejera, acostumbrada a compartir merienda, zaguanes abiertos, gritos y risas, fascinados por el silbo del afilador; la verborrea de vendedores ambulantes y tratantes de gallos, gallinas y pollos.

Al barranco íbamos a buscar aventuras más arriesgadas como intentar cruzarlo después de copiosas lluvias, jugar al escondite entre las cañas, o sobre todo los niños, entablar guirreas de piedras y palos con peligrosa puntería. Yo a veces acompañaba a mi hermano pero siempre me mantenía en la retaguardia, eso de los niños con los niños y las niñas con las niñas no lo tenía muy claro y me adosaba a cualquier diversión. Solíamos medir las fuerzas con algunas escaramuzas que terminaban por amoldar nuestro ego. Saltábamos sogas, aros, muros, riegos, verjas, hogueras y subíamos a los árboles en busca de frutas temporeras y las más de las veces para sentirnos importantes desde la posición que nos regalaban las ramas más altas. En la acera tarareábamos canciones infantiles llenas de ingenuidad compartiendo espacios que considerábamos propios y emprendíamos locas carreras a ninguna parte. Sin embargo, sobrevivimos a la ausencia de los avances tecnológicos que hoy conocemos sin sentirnos frustrados por ello. Por supuesto que no concebíamos el ocio pasivo y eran raros los casos de obesidad infantil.

Pero teníamos la radio, uno de los contados entretenimientos de los que se disponía entonces. El milagro de las ondas hertzianas alegraba la monotonía diaria y reunía a las familias alrededor del aparato para oír seriales, concursos, comedias o discos dedicados como La Ronda, en la que proliferaban las coplas dramáticas con las que se felicitaba por la obtención del carnet de conducir o el titulo de corte y confección. Se reía o lloraba con programas como Ustedes son formidables, Operación Plus Ultra, el Teatro de los Hermanos Quintero, Pepe Iglesias "el Zorro" y, para goles, el Carrusel Deportivo.

Los niños disfrutábamos con el programa Matilde, Perico y Periquín en el que se recreaban las peripecias de una familia con la que nos identificábamos y cuyo hijo Periquín era un niño algo travieso pero muy simpático que caló en nuestros corazones. Eran historias cercanas en cortos sketchs, que siempre acababan mal para el pobre niño por culpa de sus meteduras de pata. El patio se hacía eco del guineo de los anuncios que entonábamos con entusiasmo. Mi preferido era el de Cola-Cao, considerado el desayuno y merienda ideal. También el de Avecrem (chup, chup) o el borreguito de Norit. Nos saludábamos en la calle con un "¿Qué tal?" , "¡Muy bien con Okal!".

Por supuesto el jaboncillo Lux era lo mejor para el cutis. Cuando íbamos a visitas de compromiso mi madre nos retocaba la cara con Vishnú o polvos Madera de Oriente y nos rociaba generosamente con colonia a granel. Caminábamos como muñecas andadoras tiesas por la presión de los zapatos de domingo y el temor a despeinarnos. A mi hermano le sobraba brillantina a ambos lados de la perfecta raya en el pelo, y los tirantes y la corbata de pajarita le incomodaban como si tuviera jiribilla. Mi padre llevaba de regalo una botella de ron de Arucas o de Tío Pepe y mi madre una bandeja de bizcochos lustrados, motivo de nuestras apuestas por si la anfitriona rácana o generosa nos invitaba o los guardaba sin más.

Una vez allí nuestro comportamiento tenía que ser ejemplar, sin coger nada que no nos ofrecieran, permanecer quietos y callados en el sitio que nos sentaran y responder a las preguntas con total educación. Cualquier conato de insurrección al respecto se frenaba con una mirada inquisidora que abortaba la tentativa. Visto el panorama, nos resignábamos a oír los comentarios cotidianos y radiofónicos que surgían en la aburrida velada de la que luego nos desquitábamos al despojarnos de tan encorsetados ropajes y modales.

La radio nos acercaba a la música y sus intérpretes. En la acequia triunfaban: La casita de papel, El telegrama, Valore y las canciones de José Luis y su guitarra. Ñica, mi vecina, cantaba a todas horas Me gusta mi novio y era fan de Lola Flores y Antonio Machín.

Las noticias nacionales se servían muy retocadas y las internacionales se mencionaban de refilón por eso de la dudosa influencia exterior. Sólo la proeza del astronauta ruso Gagarin tuvo alguna repercusión. Las nueve de la noche era la hora de sintonizar el parte informativo, nunca entendí por qué se llamaba así, tal vez porque solo transmitían "parte" de las noticias. En cuanto al cine, Tarzán y Chita eran nuestros héroes favoritos y por supuesto éramos incondicionales de los niños prodigio del cine español: Pablito Calvo y su Marcelino Pan y Vino y cómo no, Marisol y Joselito.

Además de Juanillo, por las calles vagaban personajes que se hicieron populares en el trasiego diario. Algunos recalaban en el patio donde tenían un plato de comida asegurado y la paciente capacidad de mi madre para escucharsus batallas. Quien más me inquietaba era Catapún, con su cara que parecía tiznada y ojos diminutos pero llenos de fuerza. Vestía hasta los tobillos con un delantal de grandes bolsillos, pañuelo anudado a la garganta, sombrero y pies descalzos. Con un hato al hombro caminaba con poco "jango" apoyada en un pírgano con el que no dudaba en amedrentar a cualquiera. Tal era su aspecto que hasta los "pollillos" más valientes le tenían chirgo y solo le hacían chanza cuando se reunían muchos y la rodeaban cantando: ¡Catapún, pun¡ pun!, esquivando sus pirganazos con tremenda escandalera. Cuando la veía venir ponía distancia por medio y la observaba desde la azotea.

Comía con ansiedad, casi sin masticar; luego sacaba del delantal un pañuelo amarrado con mucha calderilla, sobre todo perras y perrillos. Mi madre le daba la lata de leche en polvo que le guardaba con sus ahorrillos y comenzaba a echar las monedas una a una, regodeándose en el tintineo que producían al caer. Era parca en palabras pero mi madre la entendía. Su rostro tiznado se desencajó el día que mi padre le dio la noticia de su muerte y le entregó la lata con su dinero. Me pareció ver que de aquellos ojillos escapó alguna lágrima.

Lección de vida la que nos dieron mis padres aquella Nochebuena; la recuerdo de manera especial, aunque fue después cuando supe que ambos sabían que sería la última que pasaríamos juntos dada la evolución de la enfermedad de mi madre. Después de la cena nos pusimos a cantar villancicos en la parte techada del patio. Mi padre cantó las folias más sentidas que he oído nunca y mi madre se comportó como si nada pasara, aparentemente, claro. También fue la última Navidad que pasamos en aquella casa, parte de nuestras vidas quedó en ella y en aquel espacio en el que disfrutamos de entrañables momentos.

Otra anécdota que tiene que ver con el cariño que nos profesábamos los hermanos transita por la estela de mis recuerdos con especial ternura.

La tarde se presentaba aplomada, sofocante, acabábamos de comer y cada miembro de la familia buscó refugio donde dejar pasar de la mejor manera posible los rigores del calor. El verano tocaba a su fin pero, en su último coletazo, la estación quiso regalarnos además de los rayos de sol que más parecían llamaradas, una turbia calima que cortaba la respiración. Busqué la fronda de los helechos, sentada en el lecho de piedra de mi escalón favorito me entregué a mis lecturas. El perro se echó a mi lado jadeante. No se movían ni las moscas que alicaídas en mortecina dejadez moteaban la pared. El gato retozaba panza arriba en fingida y vigilante duermevela. Mi hermano hacía malabarismo con los boliches y mis hermanas jugaban a las estampas. Me sumergí en las desventuras de Mortadelo y Filemón hasta que se oyó el gancho de la puerta de la calle. AI poco se presentó Manolo en la entrada del patio, él se puso de pie y con voz de galletoncito arrestado que apenas rebasaba la década le preguntó: "¿Trajiste aquello?". Manolo asintió con la cabeza señalando su bolsillo con total regocijo, fachento le echó el brazo al hombro y los dos cruzaron la calle perdiéndose por el callejón del cercado de las cabras.

Intrigada, les seguí unos metros pero el bochornoso aire caldeado me hizo desistir. Me fui a la acequia, bien arriba, cerca de la cantonera de donde salía el agua más fresca y cantarina. La sentí correr bajo mis pies, me rocié la cabeza y de di de beber al perro. No había nadie en los lavaderos y alguna alpispa coleteaba rumbosa al pie de la balsa que colocaban las mujeres a escondidas del acequiero para subir el nivel del agua. El limo del fondo acarició mis dedos y la loca competición natatoria de algunos bichillos acuáticos me entretuvieron un buen rato. Volví al escalón y retomé la lectura, esta vez bajo el auspicio de las heroicidades del Capitán Trueno, el fiel amigo Goliat y su amada Sigrid, así la tarde se me hizo más llevadera.

De nuevo oí el gancho de la puerta. Desde la escalera, alongada en la peligrosa barandilla, busqué el hueco de la puerta del zaguán y divisé a Manolo que prácticamente traía en volandas a mi hermano. Agitado lo sentó en uno de los sillones del recién estrenado tresillo de mimbre. Bajé los escalones a pares y corrí hasta él. Tenía el rostro demacrado y sus grandes ojos negros que miraban sin expresión, parecían no verme.

Quise preguntar a Manolo qué había pasado, pero en cuanto me vio llegar desapareció. Llamé a mi madre y entre las dos lo llevamos al patio, lo sentamos en una silla, le quitamos los zapatos y le refrescamos la cara que expelía un incesante sudor frío. Mi madre me dejó a su cuidado mientras ella le preparaba una taza de manzanilla. Le acerqué los boliches que antes había dejado en una maceta, se los puse en la mano y le cerré el puño. Desmadejado, los dejó caer y el gato corrió tras ellos. Fui a buscar mi álbum con las estampas de Marisol, segura de que reaccionaría, pues días antes me había confesado que estaba enamorado y que se casaría con ella. Tampoco dio resultado.

Vino la manzanilla, apenas se pudo incorporar para tomársela y volvieron los vómitos. Entonces comenzó a pedir que le trajeran al cura para confesarse. Mi madre, alarmada, mandó recado a mi padre. Yo empecé a llorar y me fui al cuarto de la azotea a buscar algunos ahorrillos que guardaba en mi caja de madera, de esas que venían con los paquetes de azafrán. Había muchas perras, algunas pesetas, medias pesetas y dos medios duros. Con todo ese caudal me dirigí a la habitación de mis padres, encima del comodín había una urna de cristal con puertitas de madera, altar itinerante que recorría la parroquia. Recé todo lo que sabía a la imagen que esgrimía su interior pidiéndole de rodillas que mi hermano se curara. Empecé a echar por la ranura dispuesta para la limosna el fruto de mis ahorros, cuando oí la corneta de Julito el del helado. Reservé las últimas monedas y salí a su encuentro, me abrí paso entre la chiquillería y pedí un cucurucho. Corrí a ofrecérselo sabiendo lo mucho que le gustaba, pero él con cara de asco me lo retiró con la mano y me dijo con voz baja y entrecortada: "Llama a Ñica".

Ñica era esa vecina que todos quisiéramos tener atenta, servicial, alegre y divertida. La queríamos muchísimo. Se había convertido en nuestra confidente y aunque bastante mayor que nosotros, era amiga a la que confiábamos nuestros secretillos, reía nuestras gracias y encubría nuestras travesuras. Poseía esa chispa canariona y un gran sentido del humor, humanidad arrolladora y una inteligencia emocional fuera de lo común. Casi sin mirar, crucé la calle y grité llamándola desde el callejón, se asomó a la ventana y le conté lo ocurrido.

Al momento llegó junto a él: "¿Qué te pasa mi niño?", le preguntó con aquella voz dulce, confortadora, mientras su mano cariñosa se deshacía en tiernas caricias. Mi hermano abrió sus ojazos y le indicó con el dedo que se acercara. Le murmuró algo al oído y me pareció vislumbrar en ella una leve sonrisa de complicidad que me desconcertó.

A todo esto Manolo se había colado de nuevo hasta el patio y, agazapado tras la puerta que daba al zaguán, no perdía detalle. Lo llamé y echó a correr. Lo alcancé a la altura de la esquina de Las Vegas y lo arrinconé agarrándolo por la camisa. Me ganaba en edad pero yo era más rápida y espigada. Me clavó los ojillos saltones, azules, que se le salían de órbita asegurándose de que nadie le había pillado en aquella situación ante una chica. Rápidamente puso en marcha su astucia y con cara de circunstancia miró hacia el inicio de la calle y gritó: "Juanillo!". Presa de pánico miré instintivamente, él aprovechó para zafarse y de nuevo desapareció. Volví al patio.

Mi madre estaba más relajada y conversaba en animada cháchara con Ñica sosteniendo ambas una humeante taza de café. Mi hermano ya presentaba mejor aspecto, sus ojos habían recuperado la viveza habitual, aunque conservaba la misma palidez. Yo seguía sin entender nada. Cuando llegó mi padre, Ñica se adelantó dispuesta a interceder y esta vez pude oír:

— No se preocupe Pepito, sólo es la templadera del primer cigarro.
Mi padre atemperó el semblante y sin perder el gesto serio se dirigió hacia mi hermano que, haciendo alarde del talante que aún le caracteriza, le acercó la silla y poniendo voz de mayor le dijo:

— Ven papá, vamos a hablar de hombre a hombre.

El adiós al eterno lugar de mis recuerdos se remonta a la triste despedida. El camión cargado con los enseres esperaba en la calle. Nos disponíamos a cerrar definitivamente la puerta de la que había sido nuestra casa y volví a entrar con la excusa de que se me había quedado algo. Sentada en mi escalón preferido lo contemplé llorando desde el solemne silencio que retumbaba en los confines de mi melancolía. Eché una última mirada, luego cerré los ojos con el afán de atrapar los tiempos idos y volví a soñar; entre la penumbra del atardecer otoñal me pareció entrever la presencia de mi madre envuelta en los destellos de humanidad que derrochó entre sus paredes. El abrazo de Ñica me recordó la partida y empapó de energía el comienzo de una nueva andadura.

He soñado muchas veces con aquel patio, tanto dormida como despierta en ambos casos percibo las mismas sensaciones.

 Yolanda Díaz Jiménez © 2011

jueves, 10 de mayo de 2012

El Paseo


Tiene Arucas maravillas
como su iglesia y su altar
donde se bautizan niños
donde se aprende a rezar.

Así rezan las estrofas que componen una canción dedicada a la ciudad de Arucas, que en su día fue compuesta en música y letra por el que fuera director de la banda municipal de Arucas D. Antonio Herrera y cantada a los cuatro vientos por la singular e inigualable María Mérida.

Por otra parte Fernando Ramírez Suárez, hijo de Arucas y excelente periodista (hoy ya jubilado) del Diario de Las Palmas, cantaba a Arucas con un glosario de posesías en su libro titulado “El agua y la piedra”.

Y es que Arucas, de siempre ha sido conocida por su riqueza arquitectónica gracias al arduo trabajo de sus labrantes que sacaban hermosas formas de la piedra sacada de sus canteras, canteras de piedra azul de prestigio en todo el archipiélago y con las cuales se han levantado innumerables edificios y frontis de muchas casas que hoy son la admiración del visitante.

El agua era otro recurso que tenía Arucas. Gracias a sus presas, estanques y demás embalses hacían de Arucas una vega fértil y vistosa en sus extensas plantaciones de plataneras así como en la frondosidad de sus jardines, donde la flora era de singular diversidad y de vistoso colorido, por algo también se conoce a Arucas, como “la ciudad de las flores". ¡Que bien sonaban, igualmente, las estrofas que seguían de la canción que al principio mencionábamos :

Linda ciudad de Arucas
de conjunto tropical
verdes campos verdes valles
y verde su platanar.

Un paseo por Arucas, era un regalo a la vista del visitante y un placer para el aruquense, que se sentía orgulloso de la ciudad que le vió nacer. ¿Que aruquense no se sintió orgulloso de ver la extensa alfombra de flores de mundo (más conocidas por hortensias) que florecían en el jardín municipal, aproximadamente por los meses de mayo y junio, casi como queriendo sumarse a las fiestas del patrono San Juan?. Es que Arucas, siempre ha sido un regalo de la naturaleza, puesta ahí por Dios, para disfrute de los que en Arucas hemos nacido y nos hemos criado, como para placer y admiración del que nos visita.

Pero, aunque Arucas sigue conservando su encanto, su atractivo y ese imán que de alguna forma nos sigue sirviendo de apego, ya Arucas ha ido perdiendo algo de aquella identidad que tuviese antaño, de esos elementos identificativos que hacían de Arucas la ciudad envidiada por todos los demás municipios, tanto del norte como del centro de la isla.

Quien tenga hoy en día de veinte años en adelante, podrá recordar perfectamente algo que ya  no se da en Arucas y que por aquellos tiempos era el pan de cada día o, mejor dicho, de cada semana, pues era cita imprescindible de cada domingo.

¿A qué hora quedamos? Preguntaba el novio a la novia. A las seis y media, contestaba ésta. ¿Y donde nos vemos?, volvía a preguntar. ¿Donde va a ser?¡en el PASEO, como siempre! Era la respuesta tajante. Ya no había más que preguntar.

El PASEO. ¿Recuerdan el Paseo?. Naturalmente los jóvenes de hoy no sabrán lo que era el Paseo, a no ser que sus mayores se lo hayan contado. El Paseo, era una tradición ancestral de Arucas y al que asistía gente venida de todos los pueblos y barrios adyacentes a Arucas, tanto pertenecientes al municipio, como Cardones, Transmontaña, Santidad, la Goleta, etc. etc., como gente venida de otros municipios, como Teror, Firgas, Moya, Guía, Gáldar, Tenoya, Tamaraceite y hasta de la misma capital, Las Palmas de Gran Canaria.

El domingo por la tarde y a partir de las cinco o cinco y media, la calle León y Castillo y Arucas en general, se convertía en una gran concentración de gente, un gran tropel de personas que, , cual si de una manifestación de marionetas procesionarias se tratara, iban en procesión unas tras otras, con una desorganización muy bien organizada, formada por toda clase de seres que venían a participar en el Paseo. Se veían matrimonios, a estos con sus hijos, pandillas de chicos solteros, pandillas de chicas solteras, parejas de novios, chicos en busca de novia y chicas en busca de novio. Se desarrollaba por toda la calle principal de Arucas, desde la tieda de Rupertito hasta el cruce de la Heredad. Un círculo sin fin con idas por una lado de la calle y vuelta por el otro y así sucesivamente, hasta bien pasadas las diez de la noche.

Como suele suceder en todas partes, había gente, más bien jóvenes, que llevaban el rumbo al revés y que iban a contrapelo o contracorriente, es decir, que iban por donde la gente venía y venían por donde los demás iban y no es que tuvieran ningún problema de dislexia, no, era con toda la intención y picardía del mundo, a fin de encontrarte de frente con aquél  al que le habías echado el ojo o con aquella que te hacía tilín

Había para ello sus tácticas preconcebidas y maneras concretas de saber si podía cuajar un noviazgo. Los chicos en su ir y venir, aojaban a la chica que les atraía y al cruzarse con ella (las chicas solían ir de dos en dos o de tres en tres), había como un cruce de miradas entre ambos. A veces se desplegaba una sonrisa de complicidad y de atracción, como queriendo decir “tú también me gustas” y de ahí en adelante , el camino se allanaba, podías entrar en contacto y posiblemente dar comienzo a un idilio amoroso que en muchas ocasiones y a posteriori terminaba en noviazgo formal y las más de las veces, en matrimonio. ¡Cuántos matrimonios han tenido su origen en Arucas, concretamente en el Paseo!.

El chico, buscando novia y tras haberle echado el ojo a una, se colocaba al borde de la acera viendo pasar la procesión de gente que, en circuito sin fin, iba y venía. Si la chica  iba con otra amiga y la que a ti te gustaba iba por la parte que daba hacia el centro de la calle, tras cruzar tu mirada y sonrisa con ella, debías esperar al próximo pase a tu altura. Si la chica que habías aojado, se había cambiado de sitio y ahora venía por el lado más cercano a la acera, sin palabras te estaba diciendo que el camino estaba expedito y el próximo paso ya lo tenías que dar tú, acercarte a ella, cortejarla e iniciar el idilio.

Si estando al borde de la acera, como antes dije, las chicas venían en grupo de tres y la que a ti te gustaba iba al centro o por el lado central de la calle, al volver a pasar a tu altura en la siguiente vuelta, tenías que observar si aquella había cambiado su posición dentro del grupo o trío. Si permanecía en su sitio, es decir, en el centro de las tres o por la parte central del Paseo, ahí no había nada que rascar y mejor era que te dedicaras a otra cosa o intentases pescar en otras aguas. Si por el contrario, la chica había cambiado su sitio y se había situado por el lado más próximo a la acera, es decir, para pasar junto a donde tú estabas, ya ( las feromonas empezaban a realizar su trabajo) esa actitud te indicaba que la chica estaba receptiva, que tú le gustabas también y que tenías que entrar con  valentía, que te arrimaras  e intentases cuajar. Si tras los primeros contactos la simpatía era mutua y los intereses convergentes, ahí había “chance” y podía ser el comienzo de  futuro y próspero noviazgo.

Una vez iniciado ese primer contacto ya todo era cuestión de que la cosa se prolongara en el tiempo y así volver a quedar para el domingo siguiente o, si la cosa llegaba a ser más en serio y se establecía el noviazgo en toda regla, incluso ya podías acompañar a la chica a su casa y quedar en verse entre semana (antes, los jueves y los domingos eran los días de novios).

Aproximadamente sobre las diez de la noche, ya el panorama se iba despejando, cada vez iba quedando menos gente y unos para sus casas y otros para las suyas, unos se iban al cine en función de las 10 de la noche y otros cogían el coche que les retornase a su lugar, barrio, pueblo o municipio de origen.

Siempre quedaban los rezagados que a última hora tenían que ingeniárselas para coger coche. Los piratas tenían su último servicio a las diez de la noche, los coches de hora no tenían servicio nocturno y un taxi, si no lo cogían entre tres o cuatro, resultaba muy caro. Siempre quedaba el recurso del “coche de los novios” que por aquel tiempo eran lo coches que, esperando hasta última hora, arrastraban por todos los que quedaban, viéndose en ocasiones algún coche que, con sólo seis o siete plazas, llevaban dentro hasta 18 ó 20 personas.

¿Quién no recuerda al Trono de Cardones?, coche que recibió tal apodo, porque de tanta gente que llevaba dentro (incluso algunos agarrados por fuera) parecía que iba “enramado”. ¿Quién no recuerda el coche de Antonio el Mamón?, apelativo con que se conocía a su propietario (dicho en el sentido más cariñoso y sin ningún ánimo peyorativo) y que siempre iba “requintado” de tanta gente que llevaba dentro y los cuales, unos encima de otro, tenían que ingeniárselas para desaparecer instantáneamente, cuando al divisar a la policía de tráfico, Antoñito gritaba aquello de “cuerpo a tierra, ¡la policía!”. Por arte de magia, unos por un lado y otros por otro, todo el mundo se tiraba en el piso del coche y así lograr sortear la visión policial.

El Paseo era amenizado casi todos los domingos, por las “tocatas” (conciertos) de la banda municipal de música de Arucas. A veces la banda no daba concierto por la tarde durante el Paseo, porque dicho concierto se había dado por la mañana en el parque de San Sebastián (o parque de los gansos) que, dicho sea de paso ya no existe, estaba situado delante del edificio del ayuntamiento donde hasta hace muy poco estaba situada la fuente luminosa y el monumento a Doramas. Otras veces el concierto de la banda municipal se daba en la plaza de San Juan, junto a la iglesia, en un kiosco que  allí había para tal fín, en cuya parte superior techada  tocaba la banda de música y en lo bajo había una especie de bar-café, a cuyo alrededor se congregaba la gente, pudiendo tomarte un refresco, un café, cuba libre o cosas por el estilo, mientras escuchabas los acordes musicales de la banda municipal de música de Arucas, dirigida en aquellos tiempos por D. Antonio Herrera o por el sub-director D. Francisco Brito.

En definitiva, muy a grandes razgos, eso era lo que en Arucas se conocía por el Paseo, podías pasarte la tarde tranquilamente paseando en compañía de tus amigos, o amigas, echándole el ojo a la chica o al chico que te gustaba. Cuando unos para un lado y otros para el otro, se cruzaban las miradas y surgía la sonrisa picarona en señal de complicidad, podías estar seguro que allí había “chance” y podías hacer el intento del emparejamiento.  Si al cruzarse, la mirada era esquiva y desafiante, ahí no había nada que hacer y, como diría Braulio en una de sus canciones,  ¡mándese a mudar!, podías dedicarte a otra cosa, porque allí no ibas a pescar nada.

Aparte de dedicarte a pasear durante toda la tarde-noche en el Paseo, tanto los grupos de chicos, como los grupos de chicas, las parejas de novios, los matrimonios y todo aquel que lo deseaba, se podían tomar un descanso sentados a la mesa de cualquiera de los muchos bares que había en la ciudad, no solo en la misma plaza, centro del Paseo, sino en los de los aledaños que también hacían su “agosto” en las tardes dominicales. Desde el bar Dávila, el bar Marrero, la churrería de Tino, el bar de la Reina Mora y otros más por el estilo. En la calle Suárez Franchy, estaba el bar Estación (en la misma gasolinera de los Herrera) y el bar de los Gemelos, junto a la estación de los coches de hora, más tarde y cuando se abrió la otra calle en la trasera de la estación de gasolina, el bar Las Cañas (hoy bar Balcón de Arucas).

En la calle León y Castillo estaba el Casino, junto al antiguo ambulatorio del Seguro y el bar Cá Bruno, así como el bar Montesdeoca. También, calle arriba, te podías acercar a la Sociedad de Arucas, donde aparte de mover un poco el esqueleto, podías deleitarte con un par de copas y disfrutar de la excelente cocina con que acompañaba. Frente a la Sociedad y donde antiguamente tenía su taller Miguelito el zapatero, Bruno Déniz había montado también un bar, como todos los que él montaba, con mucho estilo típico canario y buenas tapas, aparte de un buen y cariñoso servicio.

En la misma plaza de San Juan, junto a la iglesia, estaba el bar de Vidal (que también fue bar-churrería en su tiempo), donde también se congregaba un gran número de parroquianos que, a buenos precios, pasaban un buen rato degustando buenas y sabrosas tapas y bebidas a destajo.

Podías ir al cine. En aquel tiempo tenías opción donde elegir. Podías ir al Cine Díaz (en plena calle León y Castillo, donde se celebraba el Paseo), podías ir al Cine Viejo (o Teatro Cine, en la calle San Juan) o podías ir al Cine Rosales (en la calle Suárez Franhy o calle de atrás), este último era de reciente construcción y por tanto con sistemas más modernos que los dos anteriores, aunque la primacía por su limpieza, seriedad y películas de prestigio, siempre la obstentó el Cine Díaz.

Hoy en día creo que solo existe el cine Rosales, pues los otros dos han desaparecido. El cine Díaz creo que ha sido adquirido por el Ayuntamiento para dedicarlo a biblioteca, centro de cultura o no sé qué, lo cierto es que esa canción la vengo oyendo desde hace unos cuantos años y, a pesar del paso del tiempo, dicho proyecto no se convierte en realidad y hoy en día da hasta sonrojo y vergüenza pasar por delante del local donde estaba el cine Díaz, porque ni la puerta ni la fachada tienen la debida conservación de presentación y limpieza que deberían tener, máxime estando en un lugar tan céntrico de Arucas como es el lugar en que está enclavado. Si a ello le añades que a pocos metros está el local de la tienda llamada de “Clarita Almeida”, cuya conservación y limpieza están por el estilo, el impacto al visitante todavía es mayor en el aspecto negativo.

El Cine Viejo (Teatro Cine), desapareció como tal y pasó a ser sede de la Afilarmónica “Los Nietos de Kika”. Hoy en día no sé a qué se dedica aquel local.

Hoy vas a Arucas y notas como que falta algo. Notas que tiene falta de vida. Los días entre semana, mas o menos hasta la hora de cierre de los comercios, pasa. Hay trasiego de gente, no mucho, pero hay meneo.  Pero una vez que ha pasado la hora de cierre comercial, Arucas pierde su vida, los bares se cierran, las gentes para sus casas y el casco de Arucas queda vacío, como sin vida.

Un domingo por la mañana, sale la gente de misa y salvo el rato en que a la salida de la iglesia se congrega todo el mundo hablando unos con otros para desaparecer al cabo de unos momentos, ya no se vuelve a ver grupos de gentes pasándolo divertido, formando corrillos o tertulias, el parque de San Juan vacío, la plaza y zonas aledañas con muy poca gente y las actividades lúdicas, casi no existen.

No, no es lo mismo de antes. Vas hacia la plaza y los bares están cerrados, en los parques muy poca gente y los pocos bares que puedas encontrar, tipo terrazas como el que está frente a la iglesia, o al final del parque de San Juan, en lo que era la antigua farmacia Barbosa, la asistencia de público brilla por su ausencia y los domingos por la tarde, a falta del Paseo, ya no se ve a casi nadie por Arucas, los bares casi todos cerrados y la afluencia de gente reducida a la más mínima expresión.

El Paseo, creo que perduró durante unos cuantos años más (yo me trasladé a vivir a Las Palmas de Gran Canaria en el año 72), luego, paulatinamente, fue desapareciendo poco a poco, porque lo dejaron morir y así unos domingos con poca asistencia y otros con algo menos, lo cierto es que a partir de la década de los ochenta terminó por desaparecer una tradición tan arraigada en Arucas, como era , con mayúsculas, EL PASEO.
  
Armando Ramírez Sarmiento © 2002


La Urna


Hubo una costumbre muy arraigada en Arucas, sobre todo en los barrios y pagos limítrofes, que poco a poco se fue introduciendo en nuestra población hasta tomar el rango de tradición. También en la zona céntrica de Arucas se producía este hecho, aunque, como decimos, era más común en sus barrios.

Una costumbre o tradición, que estaba impregnada de la más ferviente de las devociones, no exenta de rigurosidad y cumplimiento casi cronométrico, por parte de todos los que en la misma participaban.

Era la ruta o itinerario de La Urna. La Urna era algo así como una especie de cajoncito rectangular, de aproximadamente unos 60 ó 70 centímetros de alto por unos 30 de ancho y otros tanto de fondo, en cuyo interior iba empotrada la imagen de una virgen, bien de la Virgen del Carmen, la Virgen de Fátima, la Virgen del Rosario u otra  cualquiera de las distintas advocaciones con que veneramos a la Madre de Dios.

Adornada con sus correspondientes flores, en lo alto de la caja o urna llevaba un asa, que servía para su transporte y su delantera estaba franqueada por un cristal, que le daba el aspecto de tabernáculo y, a los lados, flanqueada por unas puertas que se abrían para su contemplación y exposición o se cerraban para proceder a su transporte de un domicilio a otro.

En lo bajo de la caja-urna, a los pies de la imagen se encontraba una especie de hucha o cepillo, con su correspondiente ranura, a través de la cual se iban depositando las continuas aportaciones o limosnas que los feligreses a cuyos domicilios se trasladaba la imagen, iban aportando.

Cada fin de mes, la cofrade o celadora  encargada de la custodia y mantenimiento de la Urna, debía acudir a la iglesia, donde tras abrir la correspondiente hucha se procedía al vaciado de la misma y depositar en las arcas de la iglesia, la recaudación que durante el mes se había tenido, por aportaciones  de los feligreses.

Había confeccionada una lista, de tal forma que un día a una casa y otro día a otra, la Urna con la imagen de la Virgen, hacía su recorrido mensual, hasta que volvía nuevamente al principio y volver a recomenzar con la rutina de cada mes.

La Imagen iba a una casa determinada y los dueños de ésta tenían a la Virgen en su domicilio el día que les tocaba. Al día siguiente debían hacer entrega de la misma en el domicilio de la familia que les seguía en la lista y ésta a la siguiente y ésta a la otra y así, sucesivamente hasta que se completaba el ciclo.

La recepción de la Urna, llevaba aparejada, toda una parafernalia de actos, con que los residentes de cada domicilio acogían la llegada de la Virgen. Rezos, oraciones y plegarias, acompañaban la bienvenida al domicilio familiar, hechos que se repetían al día siguiente cuando se procedía a la  despedida.

Aunque normalmente se rezaba el rosario en familia, el día que tocaba tener la Urna con la Virgen, ese día no faltaba la pertinente y obligatoria reunión familiar para los correspondientes rezos y oraciones. El padre, la madre y todos los hermanos, así como algún vecino y otros familiares cercanos, se reunían junto a la Virgen para, todos juntos, llevar a  cabo los  rezos comunitarios.

Hubo alguna familia, tal era su devoción, que alguna que otra curación la achacaron a la intecesión de la Virgen, ante sus ruegos y plegarias.

En la casa de los Ruano (apellido que cambiamos adrede, por razones obvias), familia compuesta por seis miembros, padre, madre y cuatro hijos, uno de ellos, el más pequeño con apenas 4 años de edad, fue aquejado de una fuerte dolencia en la zona pectoral.

Los médicos que le habían atendido, le habían diagnosticado: unos, tos ferina; otros, bronquitis aguda y otros, ya  por último, decían que el niño lo que tenía era un evidente y más que claro “falso cruz”.

Lo cierto es que el niño estaba continuamente tosiendo y  a cada golpe de tos que daba, los pulmones se le cerraban y casi sin aire, el niño perdía totalmente la posibilidad de respirar, dando unos enormes “pugidos”, que desesperaban a todo aquel que estaba a su lado, ante la impotencia de no poder ayudarle y viendo cómo, poco  a poco, el niño se iba quedando morado por falta de oxígeno en sus pulmones.

A pesar de todos los cuidados y atenciones con que le mimaban, el niño iba cada vez  más a peor y las esperanzas de su curación, se iban extinguiendo.

Casualmente ese día, tocaba llegar la Virgen en su urna a la casa de los Ruano y tras las correspondientes oraciones de recepción, fue un día plagado de súplicas y ruegos a la virgencita visitante, ruegos y súplicas por parte de todos los miembros de la familia, incluido el Sr. Ruano, que no era muy dado a dichos menesteres religiosos.

No se sabe cómo, si fue por intercesión de la Virgen, si fue porque las medicinas habían hecho su efecto o cuál fue la razón verdadera, lo cierto es que a la mañana siguiente, el benjamín de la familia, débil y entenco hasta entonces, amaneció fresco y lozano como una rosa y del “falso cruz”, que le había tenido a mal traer, no quedaba ni rastro.

La despedida de la Virgen para ser llevada al domicilio siguiente, que le tocaba según lista, fue todo una apoteosis, entre rezos y oraciones, acompañados por las correspondientes lágrimas y el agradecimiento de todos los elementos familiares hacia la Señora que había tenido a bien mostrar su bondad, a través de la curación de aquél inocente chiquillo, que había servido de vehículo para una manifestación Mariana, gracias a la cual, el sentimiento de fe religiosa, se había posesionado y agrandado en aquella familia, incluido el Sr. Ruano, que, a partir de entonces, fue el más ferviente devoto de la Virgen y cada mes, con la llegada de la Urna, se le veían descolgar dos lágrimas de sus ya veteranos y cascados ojos, que, emigrantes y viajeras,  se deslizaban por sus mejillas abajo.

 Margarita Sarmiento Marrero © 2003

De la trilla al amasijo


Mi padre tenía unos terrenos en Los Portales, que heredó de sus padres. En esas tierras, mis padres plantaban durante sus ratos libres, a veces  incluso hasta por las noches con un quinqué o “farol”, todo lo necesario para la alimentación de la gran familia que tenían,  en total éramos doce personas a comer todos los días (desayuno, almuerzo y cena).

Mis padres tenían que utilizar mucho la imaginación para que no faltara la comida diaria. Para ello, plantaban en esas tierras de Los Portales, según la temporada, papas, habichuelas, millo, trigo, cebada, altramuces (“chochos”), acelgas, cebollas, tomates, calabazas, calabacínes, calabazas bobas (luego con ellas se hacía dulce de cabello), guisantes, habas y todo lo que se pudiera plantar. La tierra era tan agradecida que si se caía una semilla en cualquier sitio, crecía sola.

Mis padres ponían especial empeño en que nunca faltaran tres cosas: las papas (tanto de verano como de invierno), el millo y el trigo. Las papas nos garantizaban el sustento durante unos meses hasta la siguiente temporada. El millo,  las piñas para la comida y el resto para el gofio. Y el trigo servía para hacer harina con la que se podía hacer pan dos o tres veces en el año.

La cogida de las piñas la hacíamos toda la familia. Después, mi padre llenaba sacos con distintas cantidades, según la edad de cada uno de sus hijos y la fortaleza que tuviéramos. Él nos llamaba de uno en uno y nos decía que fuéramos cogiendo el saco que él creía que podíamos cargar. Si alguno se quejaba por el peso, se lo cambiaba por otro más pequeño.

Mi hermano “Pepe”, que es el quinto de los hijos, siempre quería llevar el saco más grande. A pesar de que mi padre le decía que no, que eso era demasiado peso para él, Pepe, que era muy cabezota, lograba llevar, al menos durante un rato, el saco grande hasta que él mismo decía: “bueno, dame el otro ahora”.

Con esa carga teníamos que caminar durante, aproximadamente, cuatro kilómetros: desde Los Portales hasta Visvique, pues es allí donde estaba nuestra casa. Una vez estaban todas las piñas en casa, teníamos que descamisarlas en los ratos libres y, luego, dejarlas secar en la azotea. Ya cuando estaba seco el millo, nos reuníamos toda la familia por las noches y a veces se unían algunos vecinos para ayudar a desgranarlo. Éste era un trabajo duro, pues nos salían ampollas en las manos y nos dolía muchísimo.

Algunos tenían habilidad para desprender el millo, con la ayuda de un carozo, pero a todos no se nos daba bien y teníamos que hacerlo con los dedos. Todas las noches, mientras desgranábamos el millo, mis padres cogían el rosario y empezábamos a rezar. No se les escapaba ni una cuendita (con misterios incluidos y recuerdo de todos los santos). Mi madre siempre citaba a los difuntos y decía: “Por los tuyos y por los míos, que Dios los tenga en la Gloria”.

Siempre que llegaba este momento mi padre miraba a mi madre y le decía: “mira, ya hay al menos cinco chiquillos dormidos sobre los carozos”. Seguidamente los llevaba de uno en uno a la cama.

Eso sucedía casi cada noche, mientras duraba el desgranar, hasta terminar la última piña. Mi hermano Argelio era uno de los más pequeños y de los que más pronto se quedaba dormido. Cuando se despertaba a la mañana siguiente, siempre lo hacía llorando y, al preguntarle  qué le pasaba, respondía, siempre sin dejar de llorar: “es que anoche no comí”. Nosotros siempre cenábamos antes de empezar a  desgranar la piña, pero el niño se dormía poco después de empezar, por lo que a la mañana siguiente no se acordaba de nada.

El siguiente paso para la labor, era tostar el millo. Eso lo hacía mi madre muy bien, pues esa labor le tocaba a ella. Nosotros le ayudábamos a echar la leña para calentar el tostador y a pasar el millo a las talegas de distintos tamaños, que mi madre hacía con sacos de 50 kilos de azúcar.

Al siguiente día, muy temprano, teníamos que cargar con las talegas desde nuestra casa hasta el Cerrillo. Para ir, teníamos que pasar por el torreón, las vegas y atravesar por toda la finca de plataneras. Con toda la carga  a cuestas, llegábamos hasta el molino. Una vez allí teníamos que esperar nuestro turno, hasta que nos tocase y el molinero, una vez molido el millo, nos daba nuestro gofio, que se volvía a repartir entre las distintas talegas, para, entre todos, traerlas a nuestra casa.
Molino de El Cerrillo (Fedac)

Al molinero se le pagaba según los kilos de millo que llevaras y que luego molía. A ese pago se le llamaba “la maquila”.

Mi padre hacía la siembra del trigo a su debido tiempo, cuando correspondía. No recuerdo si era por los meses de mayo o junio, lo que sí sé, es que la siega era finalizando el verano y siempre hacía mucho calor.

Para la siega, mi padre invitaba a familiares y amigos. Entre todos cortaban el trigo, lo ponían en la era para preparar la trilla y “separar la paja del trigo”. Unas veces se hacía la trilla con animales, cuando los tenía o se los prestaban y otras, eran los propios chiquillos del barrio, los que brincando y saltando, llevaba  a cabo la labor de la separación de paja y trigo. Eso era una gran fiesta, pues el hecho de reunirnos niños de un barrio y de otro con los familiares, era, ya de por sí, un gran acontecimiento.

Una vez acabados los brincos y saltos, teníamos que quitar la paja y amontonarla en un lugar determinado del terreno, luego recogíamos el trigo, poniéndolo en un cedazo, para cernirlo y quitar la tierra que siempre iba acompañándole. Luego, el trigo, se pasaba a unos sacos y, como no teníamos medios de transportes, se hacía lo mismo que con las piñas, lo cargábamos nosotros hasta nuestra casa.

Lo bueno de la trilla era la comida, que se hacía en el mismo campo. Mi madre ponía dos “teniques” en el suelo, hacía el fuego con leña y cuando las brasas estaban en su punto ponía el caldero en lo alto, con el sancocho de pescado salado, que siempre era “cherne”, luego hacía la “pella de gofio” y el “mojo”.

Posteriormente, todos sentados en el suelo, bordeando un mantel grande, en cuyo centro se encontraban el pan, las aceitunas, el queso y la fruta (sin que faltara el “pizco ron”), a cada uno se le daba su plato con el sancocho. Alrededor de esa mesa improvisada, podría haber unas treinta personas, entre niños y mayores. Lo bueno venía en la sobremesa. Los mayores cantaban, contaban historias o decían chistes. Esto, a  los chiquillos, nos gustaba mucho y la fiesta se prolongaba hasta el anochecer.

Con la harina que se sacaba del trigo, mi madre la compartía para hacer varias cosas, una de ellas hacer pan. Mi madre no tenía horno, pero sí lo tenía una vecina (Tilita) que vivía cerca de nuestra casa. Cuando mi madre quería hacer pan, se ponía de acuerdo con Tilita y cada una hacía su “amasijo” en su propia casa y tras llegar a  un acuerdo para el turno en utilizar el horno y habiendo recopilado la correspondiente leña, al amanecer se encendía el horno entre todos.

En estos menesteres participaban las dos familias, en todo lo que hiciese falta sin escatimar esfuerzos. Para el “amasijo”, se tenía que hacer con antelación, normalmente el día anterior, la “masa madre” cubierta con un paño para darle calor. Ya en la madrugada se empezaba a hacer el “amasijo”, con harina, agua y  sal. Esto lo hacía mi madre con la ayuda de mi padre y alguna de mis hermanas mayores, pues se elaboraba con muchos kilos de harina  y eso se tenía que trabajar durante mucho rato, luego añadirle la “masa madre” y seguir amasando, hasta que se despegaba de las manos.

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Se dejaba reposar en un sitio templado a unos 22 ó 25 grados de temperatura, durante unas horas, se le daba forma a los panes, unos redondos (los más), otros alargados y otros más pequeños. Mi madre nos daba un trocito de masa a cada uno y nosotros le dábamos diversas y curiosas formas (figuritas, roscones, bollos, etc.), según la imaginación de cada uno.

Una vez los panes formados, se les daba el correspondiente corte y tapados durante un buen rato, con el mantel, se dejaba reposar hasta que el horno estuviese lo suficientemente caliente y ahí empezaba el “peregrinar” con unas tablas llenas de pan, que, en procesión, llevábamos desde mi casa hasta el horno.

Con unas grandes palas se iban introduciendo los panes en el interior del horno y, una vez completo éste, se cerraba con una puerta de hierro. Pasado un tiempo se le daba la vuelta al pan, para que su cocción fuese pareja y total. Luego se preparaban unas cestas de mimbre, forradas con unos manteles y cuando ya el pan estaba  en su punto y crujiente, se sacaba con la pala y  se iba depositando en las mencionadas cestas.


Una vez tapadas con los manteles, se cargaba con el “preciado tesoro” hasta la casa familiar. Ese pan tenía que durar, cuando menos, una semana y se conservaba perfectamente, sin ponerse duro ni “manío” y en todo momento estaba riquísimo, ¡qué delicia!.

 Todavía hoy, al recordarlo, me parece estar oliéndolo y saboreándolo.
 
Lidivina Sánchez Melián © 2003